sábado, 10 de diciembre de 2016

Cómo convencer a un ecologista de los transgénicos (y IV)

Andrea Martos concluye con sus artículos de cómo convencer a un ecologista de los transgénicos, centrándose en este caso de la cuestión de los reguladores y el lobby ecologista, y los efectos que tienen sobre el mercado.
El conocimiento siempre libera. De la paranoia apocalíptica a la duda prudente media simplemente el querer conocer. A lo largo de esta serie que hoy concluye hemos comentado la cuestión genética y la preocupación por la seguridad acerca de los transgénicos. En este final de partitura nos ocupamos del involuntario triángulo amoroso que constituyen ciertas compañías, el regulador y el lobby ecologista.
El común denominador a la legislación acerca de los transgénicos es el hecho mismo de incorporar un gen de una especie X a un organismo de una especie Y. Es navideño creer que el regulador pisa suelo firme al basar la licencia o no de un producto en esa definición. Quizá fuese válida hasta ahora, pero está indefectiblemente destinada a caducar. El motivo son las siglas CRISPR-CAS, la nueva gran innovación en el campo científico llamada a impactar en la medicina, la economía, el derecho y, en suma, la muy cotidiana vida. La trascendencia del sistema CRISPR CAS en el sector agroalimentario es aún hoy modesta y la razón es sencilla. Una batalla legal -muy entretenida a la par que millonaria- acerca de la paternidad (o maternidad) del sistema CRISPR CAS mantiene en cautela prometedoras investigaciones. CRISPR CAS es una herramienta de edición del genoma que permite reescribir la información contenida en los genes. Reescribir. No existe aquí el hecho foráneo que constituye la principal coartada del ecologismo y justifica hoy todas las regulaciones en torno a los transgénicos, puesto que no se introduce ningún gen de ninguna especie en ningún otro genoma.
Horreur¿Cuál será ahora la excusa? Aunque, pensándolo bien, quizá este cambio de guión tan solo sea otro día en la oficina para el ecologista de carné. Pocos grupos han variado tanto la posición respecto a un tema como este. Durante el periodo de ensayos del conocido como Golden Rice, el ecologismo de vertiente pseudohumanitaria cambió la razón de su crítica a este transgénico tantas veces como fue necesario. Lo que en un principio resultó un simple desconocimiento de los principios básicos de la bioquímica de las vitaminas (debate evidentemente técnico que ellos mismos abrieron) terminó por ser el no por el no ante la efectiva demostración de los sucesivos estudios científicos.
Pero hay algo que peor, mucho peor, que una montaña de hechos para el militante antitransgénicos. Monsanto representa en el imaginario del buen progresista la agregación casi milagrosa de todos los pecados, un rosario de lamentos, el tren de la bruja y los fantasmas al pie de la cama. Monsanto encarna los clichés de la gran multinacional, el monstruo antiecologista, el negocio a costa del hambre mundial. Lo tiene todo… bueno, casi todo. Le falta apoyar a Donald Trump. Pero el hecho es que no es la cuenta del candidato republicano sino la de la Clinton Family Foundation la que recibe jugosas donaciones de esta empresa. Las ofrendas a partidos políticos y fundaciones ad hoc no son una excepción en Estados Unidos -tampoco en Estados Unidos-. Sin embargo, encuentro una entrañable ironía en que el progre medio y los fondos de Monsanto acudan alegremente del brazo a votar a la señora Clinton.
Ningún modelo de financiación de partidos es perfecto. Empezando por la palabra partidos y terminando por la de financiación. Cualquiera de las formas puede degenerar en algún modo de corrupción. Lo que en España acaba en la trama Gürtel, versión cañí de los comerciantes de velas, en EEUU deriva en despachos rutinarios sin otro objetivo que arrastrar presupuesto y regulación a los objetivos del lobista. Pero no es la conveniencia o no estas dádivas lo que nos ocupa en este caso sino el círculo terriblemente vicioso en torno a la relación de los transgénicos con el poder.
En los años ochenta eran muchas las empresas biotecnológicas dedicadas a investigar cómo mejorar genéticamente las semillas. La destreza científica de cada una de ellas determinaba su cuenta de beneficios al final del ejercicio. Pero aquello eran los días de vino y rosas. Irónicamente, la presión del ecologista ha favorecido la tendencia oligopolística del sector. Sin profundizar en la inconveniencia de estas leyes, el Departamento de Justicia de EEUU investigó a Monsanto en el año 2009 por comportamientos monopolísticos. Por alguna razón de orden místico, los dosieres quedaron en un cajón y nunca más se supo.
El resultado de influenciar al gobierno acorde al pensamiento mágico es que lanzar al mercado un nuevo transgénico cuesta hoy 136 millones de dólares. El elevado coste de investigación y ensayos establece una inmensa barrera de entrada que solo los grandes son capaces de saltar. Todo ello sin olvidar la kilométrica regulación a la que cualquier startup tiene que hacer frente y las implicaciones que esto tiene en costes legales. El resultado nada sorprendente es que hoy solo cuatro empresas comercializan el 80% de las semillas transgénicas. Bravo, Greenpeace.
Nadie está libre de pecado: todos hemos llevado alguna vez un pantalón campana. Pero una vez reparado el error y reinsertados en la sociedad como buenos pagadores de impuestos, queremos una segunda oportunidad. Sin cejar en su defensa del medio ambiente y la naturaleza, nobilísima y necesaria causa, hermano ecologista: aún está a tiempo de abrazar el libre mercado, de reclamar menores barreras de entrada y menos privilegios para las empresas del turno. La libertad funciona.

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