domingo, 5 de marzo de 2017

El principio sagrado de la libertad de expresión

Luís I. Gómez analiza el principio sagrado de la libertad de expresión.
Artículo de Desde el Exilio: 
libertadexpresion
Los responsables de los diseños sociales para la “España del futuro” están tan ocupados con su labor terapéutica de redención y protección a cualquier precio de las minorías que no sólo están logrando borrar de estas todo rasgo de dignidad y autoestima, sino que además convierten, vía “leyes anti-odio”, cualquier opinión fuera del mainstream en delito. La intención, no lo dudo, sea tal vez buena, pero los resultados están siendo desastrosos.
Atender las necesidades médicas y sociales de transsexuales, vigilar que no se discrimine a nadie por su condición sexual (que se cumpla lo dispuesto en la Constitución), INCLUIR a todos con quienes compartimos espacio social es una labor de TODOS nosotros. No veo ningún argumento ético, biológico o social que me demuestre alguna excepcionalidad excluyente de las personas que no comparten mi forma de entender su sexualidad. Ninguno. Su categorización, a manos de políticas irresponsables de “discriminación positiva”, no solo NO ha contribuído a subrayar la normalización de lo que de por sí es normal, sino que ha logrado victimizar aún más si cabe a un sector, pequeño – pero el tamaño no importa-, de la población. El Otro-Sexual ya no lo es únicamente en su ámbito personal, ha permitido que le coloquen en un cajón de sastre, convirtiéndole en miembro anónimo de un “colectivo” a proteger de las iras y los odios de los “otros”, sean estos quienes sean.  ¿Resultado? Más atomización social en lugar de la INTEGRACIÓN deseable.
Y llegados a este punto aparecen las opiniones encontradas. Unos hablan de dictadura LGTB, otros de opresión heteropatriarcal. Y movilizan a sus respectivos comodines políticos para, “neoley” en mano, tapar la boca del “enemigo”. Una vez en manos de los diseñadores sociales y las neoleyes, todos, sin excepción, perdemos uno de esos bienes irrenunciables que compartimos sin distinción de sexo: la libertad de expresión.  Y eso de la libertad de expresión, ¿Qué es? Se lo cuento en negativo:
La libertad de expresión no significa que debamos prestar atención a todo lo que se dice. La desmelenada activista de Femen que sube a una tarima con las bragas ensangrentadas al grito de “libertad para los toros” está en su perfecto derecho de hacerlo tal y como lo hace. La única consecuencia “normal” de tal aparición sería el gesto de desagrado al ver una persona atentar contra lo que hemos aprendido que es higiénico y pudoroso, o la indiferencia más absoluta, o el apoyo incondicional a su proclama. En cualquier caso, lo políticamente correcto no debería obligarnos a hacer de ello una “noticia”…. y sin embargo lo hace. Se llama “cuota de opinión” o “pluraridad autoimpuesta”.
La libertad de expresión no significa que no podamos criticar ninguna opinión. Opiniones las hay para todos los gustos porque no existe órgano de gobierno que nos impida pensar a cada uno de nosotros como nos sale de la neurona. No niego que no se intente desde el estatismo la domesticación neuronal del pueblo, pero les aseguro que aún no lo han conseguido. Ello significa que no sólo podemos criticar opiniones, debemos hacerlo si creemos que queremos. Y nada ni nadie puede impedírnoslo, excepto mediante el uso de violencia. Sí, también somos libres para ser imbéciles, y para manifestar nuestra imbecilidad, tal y como hago yo ahora -pensará alguno-.
La libertad de expresión no significa que lo expresado no deba nunca tener consecuencias negativas. El otro día Manolo Millón quería escribir un artículo defendiendo la importancia del estado en las relaciones interpersonales. Le dije que si lo publicaba le echaría de Desde el exilio. Me respondió que soy un criminal que no respeta la libertad de expresión. Pues no. No soy un criminal y respeto hasta el extremo su opinión, pero le digo que no en mi casa, que opine lo mismo en otro sitio. En…. una asamblea de Podemos, por ejemplo. Si no me hubiese avisado y hubiese publicado el texto, le habría expulsado del blog. Es una consecuencia negativa legítima: en mi ámbito de propiedad no se defiende al estatismo. Pero no debemos confundirnos, una cosa es la esfera de lo privado, otra la de lo público:  ¡Ojo!: no es lo mismo castigar una opinión que atenta contra una persona (difamación demostrable), que crear leyes para limitar las opiniones que pueden ser vertidas sobre lo que sea.
La libertad de expresión no significa que las opiniones “buenas” tengan que ganar o ser mayoritarias. Tan libre es en su libertad de expresión el que dice que “los niños tienen pene, las niñas vulva”, como el que dice “algunos niños quieren tener vulva, algunas niñas pene”. En ambos casos se manifiesta una verdad verificable. y ello independientemente de que luego situemos la primera afirmación en el ámbito de la otro-fobia y la segunda en el de la opresión LGTB. Piensen que ambas “valoraciones” son esencialmente subjetivas, al contrario que el contenido estricto de las frases. Las opiniones particulares dejan de ser vistas como una oportunidad para poner a prueba los propios argumentos y fortalecerlos, pasan a convertirse en una razón para excluir a “los otros” o para exigir una disculpa.
La gente tiene ideas, creencias, y las expresa. Y en eso consiste la libertad de expresión: en que ninguna ley puede limitar a nadie a la hora de expresar lo que piensa. Nos guste, o no nos guste lo expresado. ¿Hay excepciones? Sí. La palabra también puede ser una agresión. Pero entramos en un terreno resbaladizo: usted, ¿cuándo se siente agredido? ¿Cuando alguien opina diferente? ¿Cuando alguien opina que usted es un ladrón mentiroso?
A mí, por defender las ideas de libertad y responsabilidad  individual me llaman frecuentemente fascista. Y, consciente de que no lo soy, me siento muy ofendido. ¿Debo movilizar a mi lobby para que hagan una ley prohibiendo a la gente llamarme fascista?

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