jueves, 7 de junio de 2018

Follar con empatía: otra lección puritana que se disfraza de feminismo

Loola Pérez analiza el absurdo que está alcanzando el feminismo hegemónico actual a través de algunos de sus últimos postulados. 

Artículo de Ctxt:
<p>Fresco en Pompeya. </p>Fresco en Pompeya. 
Las limitaciones del feminismo hegemónico en relación al sexo se han puesto sobre la mesa tras ese torbellino denominado #MeToo y más recientemente, en España, a través de la sentencia de la Manada o la puesta en libertad de la Manada de Murcia. La indignación, que comparto, ha dado paso a un panorama plagado de pánico moral e histeria colectiva del que trato de marcar distancia. 
Lejos de abdicar aquí, las vacas sagradas del –ismo de moda echan más leña al fuego y colocan en el imaginario social eslóganes tan zafios como “es una guerra” o mensajes que afirman rotundamente que si no follas con empatía es violación, que sugieren que allí y donde no haya empatía es sexo patriarcal o que la iniciativa sexual masculina es un ejercicio de dominación. Al respecto, me pregunto sobre qué será lo siguiente: ¿sugerir que el coito sin contrato es violación? ¿Habilitar plataformas de consentimiento sexual para que todo quede registrado en una base de datos? 
Mis dudas también afloran en cuanto a la expresión “sexo patriarcal” y al uso que se hace de la misma. No voy a negar que en las relaciones sexuales, en la seducción o en la coquetería se puedan dar actitudes machistas o misóginas. Sin embargo, hablar de “sexo patriarcal” para criminalizar aquellas situaciones donde el varón tiene la iniciativa sexual o donde el deseo no es correspondido me parece un intento feo, muy feo, de condenar, por un lado, al hombre como eterno enemigo y crear, por otro, la idea de que el sexo es territorio hostil para las mujeres. 
El sexo patriarcal que yo conozco se llama violencia sexual y por tanto, esas situaciones incómodas en las que él se corre y yo no, que muestran la apetencia de él y mi particular desgana o que están sujetas a algún malentendido no tienen cabida aquí. ¿Tanto cuesta entender que cada persona es responsable de su placer? ¿Tan difícil es asumir que el hecho de que un tío tenga iniciativa sexual no es sinónimo de abuso, violación o actitud de dominio? ¿Por qué nos deberíamos sentir agredidas y ofendidas ante la evidencia de que hay amantes hábiles y otros sumamente torpes? ¿Tan débiles somos las mujeres que no podemos lidiar con una experiencia incomoda en nuestra intimidad? ¿Necesitamos protección hasta cuando no nos corremos? 
Pretender, en el nombre del feminismo, que los tíos tengan un código de conducta adecuado en el terreno sexual para satisfacer el deseo de las mujeres es, bajo mi juicio, una forma más de control social de la sexualidad. Prefiero la libertad de expresión antes que cualquier autoritarismo bienintencionado, que bajo la promesa de darme seguridad física, quiera colarse en mi cama. Pienso que el camino que debe seguir el feminismo es otro, pues evitar que negociemos, que establezcamos límites, que tomemos decisiones y que expresemos lo que nos gusta y lo que no solo nos relega sólo a una actitud pasiva. Es decir, a la actitud que el patriarcado históricamente ha prescrito en el terreno sexual para las mujeres.
Por supuesto, también tiene miga esto del “sexo con empatía”, como si acaso la empatía tuviera que ser una exigencia para no hacer “sexo patriarcal”. La empatía es una habilidad afectiva, cognitiva y emocional que puede poseer el individuo. Por tanto, no se inscribe como un proceso automático y requiere de cierta destreza para ponerla en práctica en las relaciones interpersonales. La empatía, como muchos sospecharán, mejora cuanto más conocemos a la otra persona. Así, follar con empatía requeriría de contacto, de conocimiento del otro y de cierto grado de compromiso. 
En este sentido, yo no niego que se pueda follar con empatía (¡ojo!) del mismo modo que no niego que se pueda follar sin deseo (como hacen muchas trabajadoras sexuales) o que se pueda follar con compasión (¡hay parejas dispuestas a todo!). Considero que lo que diferencia el sexo de la violencia viene marcado por el consentimiento sexual. Lo demás, es un añadido. El peligro está cuando adquiere una pretensión de obligatoriedad o cuando subyace la intención de inscribirse como una ética, como un decálogo de buena conducta. Follar con empatía en el sexo casual es muy difícil e incluso cuando no se trata de un encuentro esporádico, la mayoría de los mortales no follamos para poner a prueba nuestras habilidades de empatía, comunicación y asertividad. ¿No suena esto sumamente ridículo? Quizá el debate sea otro: reconocer que somos sujetos sexuales, que somos seres deseantes y deseados, que nadie es víctima del deseo de nadie, que tu placer no es responsabilidad del otro o que concebir lo políticamente correcto en el sexo nos aburre y deserotiza.
Personalmente, contemplo como la estupidez convive, sin pudor, con el puritanismo en este renovado discurso feminista. Así, avistamos un escenario perturbador donde lo rancio ahora es progre y donde lo progre (o disidente) se condena al ostracismo a través de la manipulación, la difamación y el silencio. En esta tesitura no hay diálogo: Javier Marías es ya siempre el malo, Lolita una peligrosa fantasía masculina, el porno es el máximo exponente de la “cultura de la violación” y ser una zorra, en el sentido que cantaban Las Vulpes, es una expresión machista, si sale de la boca de un tío. La retórica oficial de la élite feminista adquiere cotas de nuevo catecismo: pecados, pecadores y mujeres que solo admiten el calificativo de santas y víctimas protagonizan la ópera de la neurosis, el simplismo y la caliente emotividad. 
En el otro lado, habitamos las malas, las malas feministas: las que creemos que Javier Marías, independientemente de las arrugas de su polla, puede tener razón cuando habla de feminismo y mojigatería, que Lolita más allá de una ficción es la historia de una víctima astuta, que el porno es ese erotismo bruto que permite explorar las fantasías sexuales y hacer más interesante la masturbación; y que ser una zorra no pone en jaque nuestra respetabilidad sino que nombra nuestro poder, nuestra capacidad de agencia. Evidentemente hay más, mucho más: detrás de la crítica y la disidencia feminista prolifera una actitud constructiva y comprometida. Esto no es un espectáculo, es un ejercicio de resistencia: no se trata de cambiar de amo, sino de renunciar a ser ovejas. El deseo no cabe en ningún panfleto. 

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