lunes, 11 de junio de 2018

La “operación Pedro Sánchez”: un gran fraude político

Javier Benegas analiza la "operación Pedro Sánchez" y cómo se esconden los múltiples intereses en política, en beneficio del status quo.

Artículo de Disidentia: 
Cuando en octubre de 2016 Pedro Sánchez renunció a su acta de diputado para recorrer España en coche, nadie habría predicho que terminaría aparcándolo en el palacio de La Moncloa. Entonces era la perfecta imagen del perdedor, del político paria al que todos daban por amortizado. En realidad, lo primero que Sánchez hizo no fue recorrer las polvorientas carreteras de España, sino viajar hasta Los Ángeles, California, con la familia al completo, y pasear por Beverly Hills.
De aquella huida a las playas de Santa Mónica y Malibú, lugares predilectos de los famosos, pocos se acuerdan. De ahí que en su lugar haya terminado prevaleciendo la idílica imagen del sufrido y joven líder socialista, cuya audacia inauidita le ha llevado a ser presidente. Una especie de adaptación del cuento de La Cenicienta a la cutre política española.
Pero los cuentos, cuentos son. La “operación Pedro Sánchez” no surge de la aguda inteligencia del personaje. En ella confluyen numerosos intereses. Cierto es que todo apunta a que fue vendida con grandes dosis de oportunismo como instrumento para desbloquear una situación política que, con Mariano Rajoy de presidente, no tenía solución. Pero hasta ahí llega la audacia. En esta adaptación de La Cenicienta no hay buenos y malos, tampoco audaces o pusilánimes. Todo es mucho más prosaico. Aquí el protagonista es el statu quo, y su proverbial visión de corto plazo, que una vez más ha hecho de la necesidad virtud.

Una coalición de intereses

Es verdad que cuando Pedro Sánchez hizo públicas sus intenciones, parecieron saltar todas las alarmas, pero en realidad el flujo de información ya inundaba los despachos. Lo que podía interpretarse como una audaz blitzkrieg, era en realidad un calculado asalto al poder donde no iban a faltar aliados. Así, la temeraria idea de un gobierno socialista en franca minoría, a merced de nacional-separatistas y comunistas, se transformó a gran velocidad en una operación plausible donde encajaban numerosos intereses.
La prueba de vida exigida al PSOE no tardó en ser proporcionada: los presupuestos pactados no se tocarían. Lo que fue acompañado de información puntual sobre las intenciones del nuevo gobierno. No habría experimentos, al contrario, se prometían nombres confiables: un ejecutivo de técnicos o, como publicaba con su proverbial diligencia el portavoz del régimen, el diario El País, “un gobierno de expertos”. Así, como por ensalmo, el Ibex35 se dio la vuelta y la prima de riesgo dejó de tensionarse.
De cara al establishment, las piezas encajaban. Pero faltaba un comodín para ganarse al público. Dicho y hecho, Sánchez añadiría al elenco un par de nombres mediáticos y ajenos a la política, gente encantadora y fuera de toda sospecha: Pedro Francisco Duque, “el astronauta español” y Màxim Huerta, “el cuenta cuentos”. Un golpe de efecto del que los medios sacarían buen partido y muchos clics. Duque y Huerta, los dos ministros florero, ayudarían a reforzar la imagen halagüeña del nuevo gabinete, serían la guinda que el pastel necesitaba para ganarse el favor popular, con la cooperación, claro está, de unos medios siempre atentos a la dirección en la que sopla el viento.

El regreso del hijo pródigo

De pronto, Pedro Sánchez, el tipo del recalcitrante “no es no”, dejaba de ser blanco de mofas y descalificaciones y pasaba a ser adulado por todos o casi todos. En un abrir y cerrar de ojos se convertía en un político audaz y “más listo de lo que aparentaba”. El odioso Mariano Rajoy estaba fuera, se atenuaba la alargada sombra de la corrupción que pesaba sobre el Régimen del 78, y lo más importante, el nuevo gobierno socialista, libre de las exigencias de los votantes de Centro Derecha, podría buscar una salida negociada al problema catalán. Además de liberarle del peso muerto de Rajoy, el PSOE le hacía otro favor al PP: apartarle de los labios un cáliz del que no podía beber.
Como contrapartida, Sánchez tendría luz verde convertir la moción de censura en una moción instrumental en perjuicio de Ciudadanos y Podemos. El PSOE volvía a la primera línea de la política por la puerta de atrás, apuntándose en su haber la defenestración de un presidente al que ya nadie quería y que, sin embargo, parecía inamovible. Así pues, casi todos salían ganando… ¿o tal vez no?

Políticos sin control

Lamentablemente no es así. Los ciudadanos no deberían estar demasiado satisfechos. Al fin y al cabo, que ni ellos ni los integrantes del propio PP hayan podido descabalgar a Rajoy tiempo atrás, evitando tener que llegar a una situación en la que confluyen demasiados intereses, demuestra los males de un modelo donde los votantes en la práctica no solo no conforman las mayorías parlamentarias, sino que no tienen control sobre sus representantes.
En el mejor de los supuestos, se podría hacer valer la nueva y extraña mayoría parlamentaria para sacar adelante una moción de censura, pero nunca para agotar la legislatura y aplicar un programa de gobierno que no han votado los electores y que, para colmo, si el PP no coopera —aunque está previsto que sí—, habrá de ser negociado con una amalgama de fuerzas con pretensiones que van desde la disolución de la comunidad política, hasta la imposición de alguna suerte de comunismo: esto es, la subversión institucionalizada. Sin embargo, las reglas son las que son. Y precisamente este es el problema: con estas reglas, en la práctica, el Parlamento es más una cámara de conspiraciones que de representación.

“La democracia está funcionando correctamente”

No, nuestra democracia no está funcionado correctamente, desde luego no para el ciudadano común. El parlamento, ni ahora ni antes, está reflejando fielmente sus inquietudes. Sin embargo, desde el momento en el que la moción de censura salió adelante, se ha querido trasladar a los ciudadanos la idea de que la democracia ha funcionado correctamente. Que el relevo del presidente del gobierno y, por tanto, del gobierno mismo, se produce dentro de los cauces oportunos. En definitiva, que todo es perfectamente democrático. Y técnicamente es así. Pero eso no debería ocultar la realidad: que las reglas de esta “democracia” son, por decirlo muy suavemente, francamente mejorables. Afirmar tal cosa no es ser antisistema. Al contrario, ser antisistema es utilizar las debilidades del modelo para sustraer la representación a los ciudadanos una y otra vez. Una forma de proceder que acumula tensiones e ineficiencias que siempre pasan factura.
En realidad, Rajoy no era una anomalía sino la consecuencia lógica de un modelo perverso. Así, las enseñanzas que se pretendan extraer de su conducta son, se quiera o no, muy limitadas. Refundar el Centro Derecha dentro de este estado de cosas, como proponen algunos, es un brindis al sol. Y lo mismo cabría decir de la refundación de lo que aún hoy llamamos izquierda. Los partidos políticos no son agentes al margen de las deficiencias del modelo político, son su máxima expresión, el fiel reflejo de un perverso statu quo. Por eso, las nuevas formaciones surgidas al calor de la crisis, también las supuestamente subversivas, terminan adaptándose. Y sus líderes son acomodados dentro del esquema de Poder, algunos en chalets con parcelas de 2.000 metros cuadrados.
En política, los valores y, sobre todo, las supuestas virtudes personales tienden a palidecer frente a los poderosos incentivos, sus inercias y sus temibles círculos viciosos. Por eso, para que una democracia funcione adecuadamente, hace falta algo más que votar cada cuatro años una lista cerrada. Si el modelo político es una máquina de generar incentivos perversos carente de los más elementales controles y contrapesos, los resultados serán perversos también. Esto es algo que ni el más necio politólogo se atreve hoy a discutir.
Sin embargo, esta evidencia brilla por su ausencia en unos análisis que se ciñen exclusivamente a la buena o mala voluntad del sujeto, a sus valores y contravalores, a sus bondadosos o aviesos fines. Un menú informativo saturado de hidratos de carbono y pobre en proteínas, donde la política es reducida interesadamente a una falaz confrontación entre buenos y malos, valientes y cobardes, inteligentes y necios, progresistas y reaccionarios. Y este pueril planteamiento cae de arriba abajo, como lluvia fina, calando a buena parte de la opinión pública.

Un traje a la medida del statu quo

En efecto, los medios de información han dedicado ríos de tinta a retratar tanto al presidente saliente como al entrante, siempre, claro está, desde una perspectiva trivial, partidista, interesada, cuidándose mucho de hurgar en la verdadera herida. Su misión es adaptar el cuerpo del debate a las costuras de un estrecho traje confeccionado a la medida del statu quo, donde la crítica al sastre está tácitamente prohibida. O peor, se adjudica en exclusiva a los antisistema, a los tontos útiles, para neutralizarla.
Los cronistas nos mantienen entretenidos, empatándonos con sus agudos análisis y crónicas cortesanas, con sus habilidades de comadres. Alguno, llevado por un exceso de entusiasmo, concluyó que quien se marcha era un cobarde; y quien llega, un irresponsable. Pero es de prever que pronto dulcificará su opinión. Otros, más prudentes, prefieren ser optimistas, pero siempre sin salirse del enfoque estrictamente personal, como si lo que fuera a pasar dependiera exclusivamente de las virtudes o defectos de un determinado individuo o de un puñado de nombres propios, cuando en política las cosas no funcionan así.

La falacia de la responsabilidad compartida

Tampoco es verdad que los políticos se construyan a imagen y semejanza del votante. Es el modelo el que incentiva y sostiene las pésimas formaciones políticas que padecemos. Y estas, a su vez, nos suministran presidentes como Sánchez o Rajoy, cuya misión no es gobernar, sino sostener un sistema clientelar y de acceso restringido a la política y a la economía, en el que el único horizonte es el clientelismo, la compra masiva de voluntades y el derroche. Y, en consecuencia, la decadencia sin fin.
La realidad es que en el Congreso los votos originales pueden ponerse del derecho o del revés a voluntad. ¿Acaso son los votantes los responsables del aberrante modelo territorial?, ¿exigían que sus líderes de referencia cedieran al chantaje nacionalista una y otra vez?, ¿tal vez votaron para que las subidas de impuestos fueran incesantes?, ¿quizá estaban ordenando a los partidos que montaran tramas de financiación ilegal? O, por terminar, ¿decidieron en la triste jornada del 26-J que había que recuperar el Ministerio de la Igualdad y convertir el temible feminismo corporativo en una institución omnipotente, que liquide definitivamente el principio de igualdad ante la ley? Es evidente que nada de eso surge del mandato popular.
Justificar los fallos del modelo político aludiendo a los vicios de la sociedad es una artimaña que ya no se sostiene. Un recurso propio de élites acomodadas que aluden despectivamente a eso que llaman “sociedad” situándose al margen o, peor, por encima de ella. Es, en definitiva, la forma en que la inteligencia media, esa intelectualidad mediocre y servil elude su responsabilidad endosándola a terceros. Sin embargo, como expresó Margaret Thatcher, no hay tal cosa como la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias.
Por lo tanto, la socorrida disyuntiva de si fue antes el huevo o la gallina, es decir, si la “culpa” es de la sociedad o de la clase política, es una añagaza. El huevo no es más que la forma en que la gallina se reproduce. Si el huevo no existiera, la gallina se reproduciría de otra forma. En cambio, sin gallina no habría huevo.
Ahora, la gallina ha puesto otro huevo… Y lo ha vuelto a hacer a espaldas de los ciudadanos.

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