lunes, 18 de junio de 2018

¿Quién debería pagar la universidad?

Manuel Alejandro Hidalgo analiza la nula progresividad de la enseñanza superior (supone una redistribución de rentas de las familias medias y bajas a las medio-altas y altas) y muestra una alternativa (sin salirse del sistema gubernamental actual) que tendría evidentes ventajas. 

Artículo de Voz Pópuli:
Estudiantes en la Universidad.Estudiantes en la Universidad. Efe
“Escolarización obligatoria universal y educación gratuita. La primera existe en Alemania, la segunda en Suiza y en los Estados Unidos en el caso de las escuelas primarias. Si en algunos Estados de este último país las instituciones de educación superior también son "gratis" supone en realidad sufragar el coste de la educación de las clases altas con los ingresos fiscales generales”. Esta cita, aunque les parezca sorprendente, corresponde a un extracto de la Crítica al Programa de Gotha de Karl Marx, del año 1875. En ella se señala una cuestión muy relevante que parece, sin embargo, no ser aceptada por gran parte de nuestra sociedad: que financiar la universidad, como hacemos en España, supone en realidad una transferencia, aunque sea en especie, hacia las familias de mayores ingresos.
En la figura que muestro a continuación, elaborada a partir de los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida del año 2016, se calcula la distribución de los estudiantes universitarios para cada decila de ingresos al que pertenece la familia u hogar donde este alumno reside. Así, por ejemplo, mientras que solo el 1,7% de los estudiantes universitarios viven en hogares cuyos ingresos los sitúan entre el 10% más pobre, el 32,2% de los universitarios viven en hogares de ingresos correspondientes al 10% más rico. Haciendo sencillos cálculos, si en 2015 el gasto en universidades españolas fue de unos 9.000 millones de euros en créditos reconocidos, de los que solo 2.000 son cubiertos por tasas, podemos afirmar a grosso modo que la universidad española supone una transferencia en especie de unos 2.255 millones de euros a las familias más ricas del país mientras que solo supone una transferencia de 120 millones a las más pobres.
Porcetanje de estudiantes universitarios en hogares por decila de ingresos.
Porcetanje de estudiantes universitarios en hogares por decila de ingresos.
Fuente: ECV (INE) y elaboración propia (@manuj_hidalgo)
Es evidente que la financiación de las universidades supone una distribución de fondos públicos altamente regresiva. Como argumentaba Marx hace más de 140 años, las universidades suponen la transferencia desde las clases medias, principal fuente de ingresos fiscales, a las clases altas, lo que es inconcebible para un estado de bienestar que pretenda mejorar la distribución primaria de la renta. En el origen de esta realidad, como sabemos, está el proceso de selección existente entre los alumnos que llegan a los estudios superiores. Hasta dicho nivel educativo solo llega una fracción de jóvenes que ha podido ir superando los obstáculos que supone ascender por los diversos grados educativos. Sabemos muy bien que entre las variables que más influyen en esta ascensión están el nivel educativo de los padres, así como los ingresos en el hogar, también la situación socio-laboral o el entorno económico donde el alumno vive. Esto supone, claramente, una selección no aleatoria de los estudiantes que finalmente alcanzan los estudios universitarios. Además, estos estudios suponen finalmente un coste económico que muchas familias no pueden permitirse, por muy subvencionado que llegue a estar, lo que reduce aún más la posibilidad de alcanzar un grado universitario entre quienes viven con mayor estrechez económica.
Dicho esto, ¿es posible diseñar una financiación de la universidad que no sea tan regresiva como la que actualmente tenemos en España? La respuesta es sí. Sobre esta cuestión versó la presentación que el pasado lunes Antonio Cabrales, Catedrático de Economía de la University College de Londres, nos ofreció en Sevilla. En una intervención muy interesante, nos hablaba de esta cuestión, de la misma cita de Marx y de cómo podría cambiar esta situación una revolución en el modo de financiación. Además, nos contaba gracias a un trabajo que tiene con sus coautoras Maia Güell, Rocío Madera y Analía Viola, cómo este nuevo modo de financiación podría implementarse en nuestro país sin excesiva dificultad.
En esta conferencia, Antonio proponía un sistema que parece haber tenido buenos resultados en Inglaterra. La idea es encilla. El Estado subvenciona mediante un crédito los estudios universitarios de los alumnos que permite financiarlos durante los años que le lleve alcanzar el grado. En un futuro, ya que es un crédito, el alumno deberá devolver el dinero prestado si y solo si declara unos ingresos mínimos. Esto se haría en el mismo impuesto sobre la renta, por lo que esta devolución tomaría la forma de un impuesto y la subvención de un crédito fiscal en el caso en el que el universitario no alcanzara dicho mínimo. Por supuesto, las condiciones de devolución serían todo lo ventajosas que se pudiera, como por ejemplo a tipos de interés inferiores a los del mercado.
Las ventajas de este sistema son innumerables. Entre otras, solo devolverán el crédito aquellos que generen en su vida laboral los ingresos suficientes para ello; no será la familia del estudiante quien devuelva, sino el propio estudiante quien es, en primera instancia, el beneficiado por la inversión realizada por el Estado; se incentiva a minimizar el tiempo de estudio; fomentaría la competencia entre universidades lo que redundaría en gran parte en la calidad de las instituciones; y, por último, supone una liberación de gastos en educación, de varias décimas de PIB que puede utilizarse en otras partidas educativas o simplemente en elevar la dotación de ayudas y becas para los estudiantes universitarios que provienen de familias con menores ingresos. Como podemos comprobar, las ganancias potenciales son numerosas, además de que la distribución de la renta sería más progresiva que la actual.
En conclusión, asumir la gratuidad sin restricción de los estudios universitarios es una política más propia de gobiernos no progresistas. Aunque resulte paradójico, esto es así. La política educativa debe estar enfocada, ante todo, en potenciar al máximo la cultura de la educación eliminando a su vez las barreras que le supone a las familias con menores ingresos el sostener a los hijos en estudios hasta el máximo tiempo posible. Que los estudios superiores no sean universalmente gratuitos no es un ataque a la universidad, sino solo una racionalización de la misma y, por qué no, una mejora en su funcionamiento.

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