jueves, 12 de noviembre de 2015

Carne, alarma y desinformación

Alberto Illán sobre la información, la desinformación, el alarmismo y la utilización política y económica de la información a raíz de la reciente alarma sobre la carne de la OMS.
A finales de octubre, se publicó una noticia que generó bastante alarma y confusión: según la OMS, comer carne causa cáncer. Luego, se matizó que eran las carnes procesadas, como las salchichas, los embutidos y, en general, todas las carnes que experimentan un proceso físico o químico hasta su comercialización, y en menor medida, las carnes rojas. Siguieron las matizaciones, que siempre tienen mucho menos impacto que un titular, y lo que determinaba el estudio era que se incrementaba el riesgo de padecer un determinado tipo de cáncer, pero que no había una relación causa-efecto directa. Es más, para que hubiera una probabilidad muy alta, habría que consumir unas cantidades de carne diarias tales, que posiblemente otras patologías propias del abuso tendrían al consumidor más preocupado que un futuro tumor maligno. Pero la alarma ya estaba lanzada, la desconfianza sembrada y el daño hecho.
No es el primer alimento ni será el último que caiga en manos de los alarmistas de las enfermedades. El aceite de oliva, antes de ser el alimento benéfico que hoy conocemos, en los años anteriores al caso de la colza en España, fue tratado como un recluso, favoreciendo otros aceites como el de girasol; lo mismo que el pescado azul, que ha pasado de ser un enemigo de las enfermedades cardiacas a un aliado. Más recientemente tenemos al azúcar, sobre todo la refinada, la blanca, que al ser tratada con agentes químicos parece que se contagia de algo que solo ciertos iluminados pueden ver. Con cierta frecuencia, las patatas fritas y en general los fritos, aparecen en los titulares como posibles agentes de tumoraciones masivas, ya que en el proceso del freído se produce una serie de moléculas que favorecen la aparición de cáncer y la proliferación de titulares del tipo: las patatas fritas dan cáncer. Qué decir de los huevos, a los que ha costado sacar de la lista negra, ya que no hace tanto su uso, más que su abuso, disparaba los índices del colesterol a niveles exorbitantes.
Actualmente, existe una obsesión por lo que comemos y sus consecuencias sobre nuestra salud física y mental. Hay un sinfín de informes que relacionan los alimentos con enfermedades cardiacas, vasculares, teratogénicas y, por supuesto, endocrinas o las psicológicas, como la bulimia y anorexia, entre otras. No creo que no haya un alimento, o al menos familia de alimentos, que no tenga algún informe que hable de sus efectos negativos o, por el contrario, de los positivos. Algunas veces de los dos a la vez y, en no pocas, podemos encontrar informes contradictorios que se rebaten entre sí. Los defensores de unos dirán que los de los otros están pagados por lobbies con intereses (industriales, capitalistas, ideológicos, etc.), que sus conclusiones están mediatizadas… y viceversa. En resumen, hay mucha información en el sistema, buen acceso a esta información, sobre todo desde que usamos internet, y no hay demasiado conocimiento entre los que la reciben y usan, y no pocas veces lo devuelven al sistema con sus propios prejuicios y sesgos; la desinformación final se retroalimenta. Todo esto no quiere decir que lo que se publica sea mentira, pero tampoco que sea verdad, en el sentido de que sea incuestionable. De hecho, que se hayan elaborado a lo largo de estas últimas décadas informes que desmienten de manera científica a otros anteriores, demuestra cómo funciona, o debería funcionar la ciencia. El resto, incluso su publicación, es política.
La pregunta es qué se gana y qué se pierde con estas noticias. En este caso, la más perjudicada es, desde luego, la industria cárnica, desde los ganaderos a los carniceros, pasando por cualquier empresa que trabaje en la elaboración, distribución y venta de estos productos. La reducción de ventas habrá afectado a las cuentas de las empresas cárnicas, al empleo y, colateralmente, a otras empresas relacionadas con el sector. En definitiva, se habrá producido una reducción de precios y un ajuste.
Como en el alarmismo climático, las organizaciones que “velan” por nuestra salud necesitan una razón para existir, dándose la paradoja de que para que la OMS exista y pese que busque la erradicación de la enfermedad del planeta, necesite de ésta, así que se dedica a buscar nuevas patologías sobre las que alarmar. Este argumento, que puede parecernos ridículo, es el que muchos utilizan contra las farmacéuticas, de las que dicen inventan enfermedades o no dejan que determinadas líneas de fármacos se desarrollen frente a otras. De la misma manera que el ecologismo necesita a la catástrofe en ciernes para justificar su política, la OMS y las instituciones que en su entorno se han creado necesitan la catástrofe en ciernes sobre nuestra salud. Esto tampoco quiere decir que su labor no pueda tener un lado benéfico, pero en no pocos casos parece que estén más por el alarmismo que por una gestión adecuada y científica de la información.
Para los medios de comunicación es más impactante, les da muchas más lecturas y, por tanto, más dinero en publicidad, que la carne mate que no lo haga. Luego está la ética del redactor, de la redacción o de la empresa, y es posible que en el interior se pueda matizar e incluso decir lo contrario de lo que se escribe en el titular, pero la atención ya está captada. Salvo que lo que se quiera hacer es poner a caldo el alarmismo de la OMS y compañía, en ese caso el titular será otro. Con esto quiero decir que los medios de comunicación son esos agentes que toman las noticias de la fuente, la pasan por sus particulares filtros y la vuelcan de nuevo a la red en forma de noticias, editoriales, artículos de opinión, aderezados con frases entresacadas de rápidas y cortas entrevistas a expertos de todo tipo, algunos de reconocida experiencia y reconocimiento y otros, no tanto. El sesgo ideológico, el técnico, el informativo, es inevitable.
Luego venimos nosotros, el pueblo llano, el que no necesariamente tiene los conocimientos suficientes para valorar las noticias que nos ofrecen o la información a la que podemos acceder, pero que sí tenemos miedos y esperanzas, curiosidad y necesidades, pero que puede estar pasando por una situación donde este tipo de información sea necesario, un contexto difícil o, simplemente, tener un “malsano” interés por estos temas. Estas informaciones tienden a alterarnos emocionalmente más que a darnos conocimientos, intensificando nuestros miedos, nuestra desconfianza, reforzando nuestros prejuicios, favoreciendo ciertos sesgos, tanto a favor como en contra de lo leído en estos informes.
Y por último, tenemos a la política y los políticos. Los informes de la OMS y de cualquier institución con su prestigio tienen la atención de nuestros ministros, consejeros y, en general, de cualquier capitoste de la política, porque son herramientas sobre las que basar políticas de Estado, sobre todo en las democracias con fuerte componente intervencionista. El político vive de la idea de que él mismo es necesario para que la sociedad funcione, de que sin él, el sistema se cae, y que si se cae, el caos y la anarquía, en su sentido más destructivo, devastarán todo lo que se ponga por delante. Cuantos más aspectos de la vida estén controlados por los políticos, más seguro es, aparentemente, su puesto. Que la OMS haya dicho que la carne procesada incrementa el riesgo de cáncer de colon y que parte de la gente haya entendido que la carne produce cáncer, es un buen argumento para profundizar en el intervencionismo de la industria de la carne, con nuevas y benéficas regulaciones, y para incrementar el control de la política sanitaria, incluso educativa, con nuevos temas que incorporar a estas políticas públicas. Y todo debidamente justificado.

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