lunes, 24 de octubre de 2016

Izquierda débil ante el fuerte

Carlos Rodríguez Braun refuta las más que erradas y reiteradas (en el error) tesis de Alberto Garzón al respecto del tamaño del Estado y las nacionalizaciones. 
Artículo de Libre Mercado:
Alberto Garzón | EFE
Hace unos meses, el líder de Izquierda Unida, Alberto Garzón, entrevistado por Europa Press, declaró que es necesario que exista un "Estado fuerte" en el que haya "empresas públicas fuertes", con el objetivo de frenar y limitar al sector privado. Denunció Garzón: "La dinámica de las últimas décadas ha sido privatizar, y eso te deja un Estado enclenque a merced de los intereses privados de las grandes empresas". Su solución pasa por la nacionalización de las empresas privadas, empezando por las eléctricas, pero en realidad aboga por nacionalizar todo. Declaró:
Cuando te encuentras que la gente tiene un momento de emergencia social porque está pasando hambre o no puede pagar la luz, es el momento de que el Estado decida hacerse con la propiedad de alguna empresa privada para convertirla en pública.
Es evidente que este razonamiento puede extenderse a toda la economía.
El primer error es identificar el Estado con la sociedad civil o el mercado, escamoteándole así al primero su característica fundamental: el monopolio de la coacción. La propia idea de Estado fuerte es absurda, porque nadie es más fuerte que el Estado, que puede arrebatar a las personas físicas y jurídicas sus bienes dentro de la ley. Sólo él puede hacer eso. Alberto Garzón, como toda la izquierda, pretende apoyar a los débiles cuando la realidad es justo la contraria: apoya al fuerte, al más fuerte de todos, porque todos somos débiles ante el Estado.
El segundo error es tan espectacular que parece increíble que tanta gente lo cometa: asegurar que en las últimas décadas el Estado se ha empequeñecido y debilitado. Nunca en la historia los impuestos han sido más altos; y el gasto público, y la deuda pública, y los controles, las prohibiciones, las multas, y todo un inmenso abanico de incursiones del Estado sobre la vida y las haciendas de sus súbditos. Esto no es opinable: se puede medir. Pero Garzón habla seriamente de un "Estado enclenque". Habrá que insistirle en que la coacción la ejerce ese Estado como nunca, y no las empresas: quien le quita el dinero a la fuerza a la gente no es Zara sino la Agencia Tributaria.
El tercer error, también monstruoso a tenor de la experiencia histórica, es pensar que el Estado debe expropiar los bienes de los ciudadanos por su bien ante situaciones de emergencia social, como el hambre. Pero es que el hambre misma debería enseñarle a Alberto Garzón que está equivocado, porque, como dice Amartya Sen, el hambre no se debe a la falta de comida, sino a la falta de libertad. Y ¿dónde falta la libertad?, ¿dónde hay hambre? Precisamente allí donde imperan las ideas del señor Garzón, allí donde el Estado se hace con la propiedad de los ciudadanos privados. Por eso hay hambre en los países comunistas. Por eso no hay comida en los supermercados en Venezuela: porque allí, como decía el infausto Chávez, la consigna es la misma que la de Alberto Garzón, es decir: "¡Exprópiese!".

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