lunes, 24 de octubre de 2016

Subsidios: ayudas que matan

Vanesa Vallejo analiza el error de subsidiar a la pobreza para desarrollar a los países pobres, la falaz idea que sostiene esta política reinante, y lo que es necesario realmente para permitir que los países pobres salgan de dicha situación.


Artículo de Panampost:

(TN) pobres¿Será acaso que los teóricos de la economía del desarrollo, fieles creyentes de las ayudas, desconocen que todos los países alguna vez fueron pobres y que escaparon de tal situación sin subsidios de terceros? (TN)

Cuando uno estudia economía, dentro del pénsum de la carrera hay, por lo menos, un curso de economía del desarrollo y tres de macroeconomía, sin embargo, en mi caso, como en el de muchos otros estudiantes de diferentes universidades alrededor del mundo, en ninguna de esas clases se habló nunca de la importancia de la libertad y respeto por la propiedad privada. ¿Cómo lograr que los países salgan de la pobreza es un tema de Macro III y de los cursos de desarrollo? La respuesta a esa pregunta pasa, casi sin excepción, por la intervención del Estado. Todo muy en línea con la común idea de que los pobres están envueltos en un círculo vicioso y que solo la ayuda de terceros logrará sacarlos del subdesarrollo.


Tal idea, la que el genial Lord Bauer apodaría como “el consenso espurio” y atacaría durante toda su vida, afirma que los países pobres no pueden progresar porque tienen ingresos tan bajos que no les queda dinero para ahorrar y, por lo tanto, están condenados a la miseria. Consecuencia de tal pensamiento: los países ricos deben ayudar a los pobres con limosnas. Esa es la teoría del desarrollo predominante en la academia;  y esa ha sido la fórmula para combatir cualquier tipo pobreza.
¿Será acaso que los teóricos de la economía del desarrollo, fieles creyentes de las ayudas, desconocen que todos los países alguna vez fueron pobres y que escaparon de tal situación sin subsidios de terceros? La solución que estos economistas presentan se apoya en una premisa falsa: no es cierto que la condición para salir de la pobreza sea la donación de dinero. Y lo innecesario de las “ayudas al subdesarrollo” no solo se hace evidente desde una visión histórica, ejemplos como el increíble crecimiento de los “tigres asiáticos” siguen confirmando que lo normal es que los países salgan solos de la pobreza.
Ahora bien, no se trata solo de que la ayuda internacional no es condición necesaria, sino de que es peligrosa y, contrario a lo que se cree, condena a la miseria a quienes pretende sacar de la pobreza. Los principales defensores de este tipo de políticas afirmaban, desde su inicio, que unos cuantos años de subsidios lograrían sacar de tal “circulo vicioso” a los países pobres, pero hasta el momento solo vemos que incrementa el dinero destinado a ayudas y nadie sale de la pobreza. Lord Bauer, al respecto, en innumerables ocasiones explicaba: no es que el desarrollo sea una consecuencia del capital; el capital es creado durante el proceso de desarrollo.
En mis clases de economía del desarrollo, el profesor, comúnmente, hablaba de cómo ayudar al Chocó, un departamento colombiano sumido en la pobreza. La solución: transferir dinero a esa zona. Qué proyectos de inversión realizar, a quién darle la ayuda, cómo fomentar la creación de empresas, todo eso sería discutido entre un grupo de académicos ilustrados que sacarían a la población pobre de aquel círculo vicioso. Tal idea es la misma que tienen, por ejemplo, los señores de la ONU: los países ricos deben reunir dinero y dárselo a los pobres, pero además deben decirles en qué invertir y cómo hacerlo, porque sin la guía de los intelectuales occidentales no saldrán nunca de la miseria.
Y vuelvo al punto de partida, todas las soluciones que se proponen pasan por la intervención del Estado, cuando resulta que lo que hay que fomentar es la microempresarialidad espontanea. Pero “espontaneo” es una palabra que parece causarles miedo a todos los funcionarios estatales y de organizaciones como la ONU. La inversión debería dirigirse a proyectos productivos que se mantengan en el tiempo y que sean el resultado de las necesidades que surgen en la sociedad. No es un grupo de “expertos” en desarrollo el que debe guiar la inversión de un país, es el mercado. Y resulta que las ayudas y la intervención de comités de “sabios” economistas bloquean ese proceso.
Entonces, primero, no se necesita ayuda económica para que un país salga de la pobreza, la historia y diferentes casos actuales nos lo demuestran; los países salen de la miseria por sí solos. Segundo: las ayudas, acompañadas de direccionamiento por parte de los políticos y los “expertos” en economía, bloquean el proceso de surgimiento espontaneo de microempresarios que invierten en lo que el mercado les indica, en los proyectos verdaderamente rentables y sostenibles en el tiempo.
Ahora bien, a todo lo anterior hay que sumarle un punto fundamental: el capitalismo y el respeto por la propiedad privada. Es necesario un entramado institucional que incentive el esfuerzo y que permita que la función empresarial sea posible, sin eso es imposible que los países salgan de la pobreza.
Los gobiernos deberían concentrarse no en entregar subsidios y planear cómo sacar de la pobreza a un grupo de gente a los que tratan como incapacitados, sino en permitir la empresarialidad, sobre todo la de los más pobres, a los que dicen querer ayudar. Todo lo que se necesita es un entorno institucional de respeto por la propiedad privada, bajos impuestos y, en pocas palabras: no entorpecer ni impedir la función empresarial.
Los subsidios a la pobreza crean más pobreza, se pueden dar miles de millones de dólares durante largos periodos a países pobres y, como sucede en la actualidad, no saldrán de la miseria. Es simple, si lo que se quiere es acabar con la pobreza, lo que hay que hacer es no bloquear ni entorpecer la posibilidad de los seres humanos para mejorar su vida a través de su innata función empresarial, eso es todo.

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