jueves, 20 de octubre de 2016

Subleva, que algo queda: el ‘agitprop’ de Podemos

Interesante análisis de Jorge Vilches sobre Podemos, destripando su esencia, su estrategia e intenciones, que coge muy desprevenidos (por incomprensión y falta de conocimiento e ideas) a los partidos tradicionales.

Artículo de Voz Pópuli: 
El líder de Podemos, el politólogo Pablo Iglesias.
El líder de Podemos, el politólogo Pablo Iglesias. EFE

La derecha no se entera, y la izquierda cree que es su aliado. Los medios llaman “nueva política” a su discurso, organización y acción. Todos jalean sus consignas, incluso de una forma inconsciente. Es el caso de la falsa polémica entre Iglesias y Errejón en torno a si la política debe hacerse en la calle, en las instituciones, o en ambos sitios, cuando en realidad la política la están haciendo gratis en televisión, radio y prensa. Pero hete aquí que los medios ocupaban su tiempo entre la corrupción del PP y ladesintegración del PSOE. Incluso Ciudadanos había desaparecido de los informativos y las tertulias. Fue entonces cuando Iglesias y Errejón crearon una debate-trampa justamente en la red social que dominan, Twitter, sobre qué debe hacer “la gente”. No es casualidad. Nada en Podemos está dejado al azar o es espontáneo.
El añejo bipartidismo hispano no comprende que Podemos no es la izquierda radical que quiere más Estado, sino que busca imponer otro Estado. El populismo socialista quiere dar la vuelta a la estructura de poder, vaciar de contenido las instituciones, y que sean los “actores colectivos activos” –asociaciones, movimientos, círculos, …- los que decidan las políticas públicas. El ayuntamiento de Madrid ya ha intentado esto en tres ocasiones. La Política deja los cauces formales para que esté en manos de “la gente”; eso es el “empoderamiento”. Por supuesto, dichos “actores” estarían dominados por ellos, los activistas, los “plebeyos” como dijo la diputada podemita Irene Montero.
En esta estructura se pasa de la democracia liberal a la “democracia participativa” en la que no hay representación, sino participación a través de dichos “actores”, y el principio de consentimiento no recae en instituciones, sino en asambleas o movimientos. Así se pasa de la partitocracia a un supuesto movimiento popular encabezado por los podemitas. En este sistema no caben los partidos políticos, sino “la gente”. Por eso, Podemos no es un partido ni quiere serlo, y se mueve en una dimensión política diferente, inaprensible para los parámetros de los partidos tradicionales. No es aquella proposición de Ostrogorski de sustituir los partidos por asociaciones de electores en defensa de un interés, sino de una Teoría del Poder para eliminar las libertades y al individuo.
El instrumento del cambio social del populismo socialista son los movimientos sociales. En España son relativamente nuevos, pero en el resto de Europa es un fenómeno que se estudia desde la década de 1970, y fue el cauce de la Nueva Izquierda, fuente de la que Podemos ha tomado buen parte de su discurso y acción. El sociólogo marxista Claus Offe ya lo indicaba hace 30 años: el éxito de los movimientos sociales está en que difundan un concepto de democracia basado en fórmulas extrainstitucionales, alegales y participativas, al tiempo que desautorizan las instituciones por ineficaces, politizan temas antes considerados morales o económicos, y claman por la “justicia social”.
El discurso se basa en que no hay “democracia real” –uno de los gritos del 15-M-, y que los políticos e instituciones no representan nada más que a los poderosos, con lo que crean una dicotomía entre la gente y el régimen opresor que legitima sus acciones colectivas. Esta campaña de propaganda necesita visibilidad, para lo cual hacen “performances” –como el asalto a la capilla de la Complutense, o el motín en el CIE de Aluche, en Madrid-. La colaboración de los medios es aquí imprescindible: las imágenes van acompañadas de los mensajes propagandísticos, y el periodista utiliza los conceptos del activista para explicar o comentar el acontecimiento.
En esta fase de agitación, el Poder no se rinde, pero el mensaje está instalado ya en la vida política y se convierte en objeto de debate. Es cuando aparecen las alternativas a la legalidad o a las instituciones. La tarea del movimiento social es agitar, conseguir visibilidad, hacer propaganda, y con ello cambiar el paradigma, forzar una nueva manera de pensar. Esto es más fácil cuando la sociedad socialdemócrata en la que vivimos está basada en la solidaridad obligatoria, infantilizada, y donde la política responde a emociones. De esta manera, Podemos ha puesto sobre la mesa la agenda, asume el protagonismo, y aparece ante la opinión como el portavoz de la “justicia social”.
Así, cuando Iglesias habla de “cavar trincheras” está representando el papel que tiene atribuido, el de agitador, reproduciendo la naturaleza de su Teoría del Poder: la creación cultural del conflicto a través de la movilización y la propaganda. Del mismo modo, Errejón, en su falsa polémica, habla de que Podemos debe ser “anfibio”: luchar en las calles y en las instituciones. La lucha por el poder entre uno y otro la salvan poniendo en marcha un activismo enfocado a lograr la hegemonía cultural, y a tener visibilidad mediática a través de la presencia en las calles, sin descuidar el uso de las instituciones para cambiar la legalidad. Primero es preciso conquistar las mentes y el imaginario, como señaló Gramsci, y luego el poder para no soltarlo jamás. Eso sí: con la sonrisa de un Lenin amable.

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