miércoles, 24 de abril de 2019

El narcisismo moral de la izquierda

Francisco José Contreras analiza el narcisismo moral de la izquierda. 

Artículo de Disidentia:
Me llegan ecos de que Pedro Sánchez se ha referido al PSOE como “el partido de la buena gente”. Sea más o menos exacta la cita, lo cierto es que sintetiza muy bien la esencia de la izquierda actual, cuyo mensaje central (desde que el Hodolomor, el Gran Salto Adelante o el colapso de 1989 certificaron la inviabilidad del socialismo) viene a ser: “soy bueno y sensible, y tú no”. La izquierda contemporánea es una orgía permanente de self-righteousness, de autoerotismo moral. Incapaz de ofrecer mejores resultados que la derecha, la izquierda cifra ahora su superioridad en sus mejores sentimientos e intenciones.
¿Cómo puede Podemos proponer las mismas recetas económicas que han llevado a Venezuela a la hambruna? ¿Cómo puede media sociedad seguir apoyando a una izquierda que por dos veces desde la Transición (o dos y media, pues diez meses de Sánchez han bastado para invertir el rumbo ascendente de los últimos años) ha conducido a España al borde de la ruina (González dejó al país en un 23% de paro; Zapatero, en un 24%)? Muy sencillo: la izquierda nos vacía el bolsillo, pero nos garantiza la bondad. Y no sólo de pan vive el hombre. La certeza de pertenecer al bando de los justos no puede pagarse con dinero.
Tesis como la de que para garantizar los servicios públicos todo lo que hay que hacer es subirles los impuestos a los ricos, o que hay que abrir las fronteras “para que los africanos no mueran ahogados en el Mediterráneo”, o que para que todo el mundo tenga un buen pasar basta con subir el salario mínimo, tienen a su favor un importante atributo: resultan más “vívidas”, más plausibles a primera vista que sus contrarias. Entender que el incremento de la presión fiscal desincentiva la inversión y resta competitividad a las empresas, que la subida del salario mínimo produce desempleo, o que relajar la normativa sobre inmigración genera un efecto llamada que multiplica, en lugar de reducir, el número de africanos que se juegan la vida en las pateras, requiere un esfuerzo de documentación y reflexión que muchos no están dispuestos a hacer.
Pero la ventaja decisiva del progre sobre sus rivales es la autogratificación moral. Guido Pincione y Fernando R. Tesón formularon esto en un libro de hace algunos años (“Rational Choice and Democratic Deliberation”) como un triunfo de la “racionalidad simbólica” sobre la racionalidad instrumental. Medidas como los impuestos altos a los ricos, el salario mínimo elevado o las fronteras abiertas a los inmigrantes simbolizan de manera atractiva la ayuda a los débiles, aunque no la realizan (al contrario, la perjudican). Y lo que busca el progre no es tanto asistir eficazmente a los pobres como aparecer –ante los demás y ante sí mismo- como su defensor: escenificar la inquietud social, impostar el humanitarismo. La visibilidad importa más que la eficiencia. La autocomplacencia –“¡qué solidario soy, cómo lucho por los pobres!”- importa más que los resultados socio-económicos reales.
El ejemplo perfecto –lo tomo de “La eclosión liberal”, un libro de Juan Carlos Girauta anterior a su conversión al extremocentrismo- serían aquellos conciertos de 1985 “contra el hambre en Etiopía” que recordaremos los maduritos. En realidad, el régimen de Mengistu aprovechó los repartos de grano –comprado con el dinero de los filántropos pop liderados por Bob Geldorf- para deportar a la población y crear una franja deshabitada frente a la rebelde Eritrea. Escribía Girauta: “¿Saben los millones de conmovidos solidarios de We are the World que los fondos jamás llegaron a su destino, que nunca cumplieron su fin, que de hecho se utilizaron contra los necesitados? En su inmensa mayoría no lo saben. Pero, a fin de cuentas, ¿qué importa? Se compraba la emoción, y ésta sí se obtuvo. […] [El] progre se ha transformado en eso, en un comprador de sentimientos gregarios, un succionador de emociones colectivas, un adicto a la sensiblería de etiquetaje más o menos político”.
Sí cabe la vía del heroísmo moral individual. Quien encuentre insoportable que mueran africanos en el Mediterráneo puede irse de cooperante a Africa para ayudar al desarrollo de esos países (aunque allí tropezará con una nueva sorpresa contraintuitiva: con el despegue económico de África crece el número de personas que pueden permitirse el pasaje en una patera o un avión a Europa, y que por tanto lo intentarán), o repartir su patrimonio entre los parados, practicando así la redistribución que la izquierda recomienda como solución para la pobreza. El individuo tiene derecho a la inmolación moral, y seguramente merecerá admiración quien lo haga, incluso si actúa inspirado por teorías económicas erróneas.
Pero el progre no pretende practicar la filantropía privada voluntaria, sino que el Estado ponga en práctica coactivamente -y a gran escala- la racionalidad simbólica. Pablo Iglesias no venderá su chalet para repartir el importe entre los pobres, ni abrirá su piscina a los nigerianos de la última patera. Lo suyo no es el heroísmo moral individual, sino el postureo como enfermedad social y estafa política.
La pobreza voluntaria –que puede resultar admirable en un monje o un asceta- se convierte en ideología tóxica cuando pasa al plano político. Como dijo Cicerón, el individuo puede elegir morir por el bien, pero una sociedad no tiene derecho a ello. Pues la sociedad es inmortal. Salus rei publicae suprema lex.

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