lunes, 21 de septiembre de 2015

Cultura cubana

Carlos Rodríguez Braun analiza las declaraciones en El País de Abel Prieto, exministro de cultura de la dictadura cubana y asesor de Raúl Castro, poniendo de manifiesto sus mentiras y su pasión por la servidumbre (la de los demás claro). 

Artículo de Libre Mercado: 
Abel Prieto, exministro de Cultura de la dictadura cubana y asesor de Raúl Castro, visitó España y asistió al XIII Encuentro de Solidaridad con Cuba, es decir, de solidaridad con el régimen criminal que somete a los cubanos desde hace 57 años. Entrevistado por Juan Jesús Aznárez en El País, dejó unas declaraciones que muestran la inveterada pasión del socialismo por la mentira y por la servidumbre. Dijo, con toda la cara: "En la Cuba de hoy la gente ve las series y películas que quiere ver", y al mismo tiempo dejó claro: "Jamás vamos a permitir que el mercado dicte nuestra políticas culturales". Es decir, con toda la cara este agente de la dictadura afirmó al mismo tiempo que en Cuba el pueblo es libre y que en ningún caso la tiranía gobernante permitirá que lo sea.
Decir que el pueblo cubano es libre es un insulto a la inteligencia: cualquiera sabe que eso no es verdad. Más interesante es la rancia justificación de este amigo de la dictadura de los controles que la misma está dispuesta a emplear para seguir sojuzgando a la población. Un clásico es tratar a la población como si fuera estúpida y necesitara el control del Estado, por su bien: "Estamos trabajando contra la ola de banalización y frivolidad, y no para prohibir sino para que la gente sepa discernir". Para eso van a organizar qué películas puede ver la gente. Y eso no equivale a someterla sino, mire usted por dónde, a suministrarle un "instrumental crítico para que el ciudadano pueda elegir contenidos sabiendo descifrar los códigos: con conocimiento de causa". Todo este control brutal sobre los trabajadores es, naturalmente, por su bien, para eliminar la basura de la televisión hispana, e incluso la dictadura se va a dedicar a producir videojuegos, pero muy distintos a los del mercado “que crean adicciones entre los niños y adolescentes”, no vaya a ser que igual incurran en la funesta manía de pensar y entonces, adiós socialismo.
Para rematar, el descaro totalitario y propagandístico: resulta que la dictadura puede intoxicar a la población mediante la educación y la cultura porque, precisamente, no son libres. Y el agente del régimen va y lo dice:
Nosotros tenemos una ventaja que no tienen ustedes aquí. Es que los medios nuestros son estatales. Nosotros no tenemos enseñanza privada. Todo el sistema es público. Las instituciones culturales son públicas.

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