lunes, 10 de octubre de 2016

Cifuentes contra Hayek

Juan R. Rallo analiza las declaraciones de Cristina Cifuentes en relación con las etiquetas ideológicas y los pensadores del siglo pasado. 

Artículo de El Confidencial:
Foto: La presidenta Cristina Cifuentes, inaugurando el pasado curso escolar.La presidenta Cristina Cifuentes, inaugurando el pasado curso escolar.
Cristina Cifuentes visitó este sábado el plató de 'La Sexta Noche' para ofrecer su perfil más desideologizado: ponerse etiquetas y entrar en un debate ideológico, dijo, “no tiene mucho sentido”. A su entender, lo prioritario es que los partidos se adapten y den “respuesta a los problemas de la gente”, sin que ello los lleve a quedarse “anquilosados en Hayek o en Marx, en pensadores que eran del siglo pasado”.
Uno puede entender, e incluso compartir, que un líder político no quiera etiquetarse. Las etiquetas son instrumentos poco sofisticados para clasificar el pensamiento de las personas: pueden tener su utilidad para sintetizar mucha información en un primer contacto con la audiencia (“yo soy liberal/comunista/socialdemócrata” equivale a “yo me identifico con muchas de las ideas y de los valores que en el imaginario colectivo se asocian con el liberalismo/comunismo/socialdemocracia”), pero desde luego simplifican enormemente todas las aristas y matices que caracterizan al pensamiento propio de una persona. A su vez, uno también puede entender que nadie quiera subordinarse a las ideas de ningún pensador específico: Hayek o Marx no son profetas que nos hayan traído ningunas tablas de la ley escritas a fuego por el Creador (aunque algunos tiendan a caracterizarlos de ese modo) y, por tanto, no hay ninguna necesidad de expresar una absoluta y ciega adhesión hacia ninguno de ellos.
Pero lo anterior no tiene nada que ver con el mensaje que ha transmitido Cifuentes a millones de españoles: a saber, que no hay que entrar en el debate ideológico porque este es irrelevante y que, además, las propuestas de los pensadores del pasado no pueden ser de utilidad para un partido moderno que mira hacia el futuro. Incurre así en dos notables errores: el primero, las ideas y los valores sí importan, especialmente en el mundo de las ideas (academia) y en el mundo de aplicación de esas ideas (política); el segundo, las ideas y los valores no son incorrectos por haber sido formulados en el pasado ni tampoco correctos por haberlo sido en el presente.
Primero, las ideologías —el conjunto de ideas o creencias de una persona— por supuesto que siguen siendo relevantes en nuestras sociedades, pues constituyen el prisma a través del cual analizamos e interactuamos con muchos aspectos del mundo. Es verdad que en ocasiones se confunde el término ideología con un conjunto dogmático e inamovible de creencias, pero las ideologías pueden (y deben) estar abiertas a la crítica y a la revisión permanente para lograr que respeten del mejor modo posible la evidencia disponible. Cuando una persona se niega a posicionarse ideológicamente, no lo hace porque carezca de ideas —en tal caso, sería un vegetal—, sino porque pretende ocultárnoslas, ya sea porque no quiera defenderlas o porque no sepa hacerlo. Si la persona que niega tener ideología es un político, todo apunta a que nos oculta sus ideas o para que no nos demos cuenta de su endeblez o para no generar rechazo entre votantes de otras ideologías cuyo voto aspira a cazar. O superficialidad ideológica o propaganda ideológica.
Cifuentes, de hecho, no deja de confirmarnos que sí posee ideas justo en el mismo minuto en que negaba tenerlas: “Cuando hay gente que plantea debates ideológicos de si somos liberales, conservadores… A mí no me gusta dar carnés ni que me lo pongan. Nosotros hacemos y debemos hacer política de centro. ¿Qué es política de centro? Una política moderada en la cual se pueda representar a una gran mayoría de los españoles y que tenga dos prioridades: la creación de empleo y garantizar los servicios básicos y hacer política social para poder garantizar nuestro Estado de bienestar. Todo lo demás es ponerse etiquetas y entrar en un debate ideológico que creo que no tiene mucho sentido”.
En esta alocución, la presidenta de la Comunidad de Madrid nos está enseñando una pequeña parte de su patita ideológica: por ejemplo, Cifuentes piensa que es necesario crear empleo (es decir, ve el empleo como algo positivo, rechazando implícitamente propuestas ideológicas como la renta básica universal o ciertos programas decrecentistas) y también sostiene que la política social ha de articularse en torno al Estado de bienestar (es decir, ve como positivo el Estado de bienestar, rechazando implícitamente propuestas ideológicas de corte más liberal que apuestan por una sociedad de bienestar sin paternalismos estatales).
La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, con la presidenta Cifuentes.
La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, con la presidenta Cifuentes.
¿Por qué no revela y desarrolla el resto de sus planteamientos ideológicos (en ese mismo programa o en otros foros)? A saber, ¿cómo debe crearse el empleo: con menores impuestos y regulaciones o con más programas de estímulo estatal o con una combinación de ambas? ¿Cuál es su modelo de Estado de bienestar: seguir con el que tenemos, profundizar en él a imagen y semejanza de los nórdicos, permitir la autogestión individual de parte del mismo como en Singapur? A buen seguro, Cifuentes tiene una respuesta —más o menos fundamentada— a estas y muchas otras preguntas. ¿Por qué nos las oculta? ¿De verdad se cree que a los madrileños no les interesa conocer cuál es la perspectiva —y la justificación de esa perspectiva— que tiene la presidenta de su comunidad acerca de asuntos tan cruciales para sus vidas y para las de sus hijos? Evidentemente no: pero prefiere secuestrar el debate público para no arriesgarse a perder votos.
Y esto nos lleva al segundo asunto: su rechazo de autores como Hayek o Marx por ser “del siglo pasado”. De nuevo, la misma Cifuentes que unos instantes antes estaba renegando del debate ideológico, adopta ahora una postura ideológica diáfana: ni Hayek, ni Marx (como si fueran, por cierto, igual de rechazables). A la postre, rechazar las ideas de alguien es tomar un posicionamiento ideológico determinado: “Lo que tú defiendes no lo defiendo yo”. La cuestión, claro, es ser capaz de explicar por qué tomas ese posicionamiento ideológico: qué ideas específicas de Hayek no te gustan y por qué. Y aquí es donde un posible debate ideológico de altura queda reemplazado por una simplona falacia argumentativa: la falacia de la jactancia cronológica, a saber, que el grueso de las ideas de Hayek no sirven para la época actual porque son muy antiguas.
Exactamente, ¿qué ideas de Hayek considera Cifuentes que han quedado desfasadas? ¿El Estado de derecho? ¿El gobierno limitado? ¿La simplicidad, estabilidad y previsibilidad de la ley? ¿Los presupuestos equilibrados? ¿La lucha contra la inflación? ¿Su crítica al socialismo como mecanismo de planificación centralizada? ¿Su descripción del mercado como institución para minimizar nuestras limitaciones cognitivas a la hora de coordinar el uso de los recursos escasos? Puede, desde luego, que algunas (o muchas) de las ideas del pensador austriaco no se adapten a la época actual o sean, simple y llanamente, profundos errores intelectuales. Pero en lugar de desdeñar por antiguo a un autor que murió tres décadas después del nacimiento de Cifuentes, uno esperaría de la presidenta de la Comunidad de Madrid una argumentación más rigurosa y profunda. ¿O es que, por poner un ejemplo, Cifuentes se atrevería a decir que no debemos quedarnos anquilosados en la Constitución española, en el Estado de bienestar, en la unidad de España o en el espíritu del 2 de Mayo por ser ideas de siglos pretéritos? Hace falta algo más para aceptar o para rechazar las ideas de un autor, y la capacidad para reflexionar acerca de ese algo más debería ser una cualidad totalmente exigible a un líder político de enjundia que toma decisiones acerca de nuestras vidas.
Pero acaso ése sea el vicio de la inmensa mayoría de políticos del PP y del resto de partidos españoles: que carecen de otros principios y objetivos que no sean apuntalarse en el poder para dar salida a sus ambiciones personales. Es por ello que terminan transformándose en meras aspiradoras de votos (partidos atrapalotodo) que rehúyen la batalla ideológica y que, en consecuencia, se pliegan a la ideología mayoritaria de una sociedad para minimizar el número de electores potenciales molestos: “el centro” es la posición electoral desde la que pueden maximizar los apoyos desde ambos lados del espectro ideológico. No es que no tengan ideología, es que su ideología es instrumental a la captación del mayor número posible de votos. Son meras hojas llevadas por el viento del pensamiento único con la única obsesión de seguir flotando por encima del vulgo.
Ya lo dijo Keynes, otro pensador del siglo pasado que acaso sea más del gusto de Cifuentes: “Los hombres prácticos que se creen libres de cualquier influencia intelectual son normalmente esclavos de algún economista muerto. Los locos por el poder, aquellos que oyen voces en el aire, extraen sus manías de algún escritorzuelo académico de hace algunos años”. El problema, claro, es que sus irreflexivas hipotecas intelectuales nos las terminan imponiendo a todos.

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