domingo, 9 de octubre de 2016

'Crónicas de Jerusalén': un retrato fallido

Conocí las célebres obras del canadiense Guy Delisle por mi pasión de juventud, los comics. La obra de Delisle son retratos de la vida en diversas ciudades y culturas, con las que consiguió un gran éxito. Excepcional es su mítica "Pyongyang" (Corea del Norte), pasando por "Crónicas birmanas" (Birmania) y "Shenzhen" (China), obra que no se comenta en el siguiente artículo, pero también imprescindible (fue su primera obra) en un momento de cambio en China entre lo que era y lo que es hoy. 
En el siguiente artículo Eli Cohen analiza el fallido retrato que ofrece Guy Delisle en su comic "Crónicas de Jerusalén", una impresión que tuve igualmente coincidiendo plenamente con Cohen, aunque en el aspecto técnico del cómic, como bien comenta, se mantiene la misma calidad. 
En cualquier caso, la obra de Delisle (consistente en dichas cuatro obras) es muy recomendable, en la que analiza múltiples situaciones cargadas de ironía, sencillez y dosis de humor, que hace pasar muy buenos ratos conociendo distintas culturas (que en algunos casos han cambiado mucho). 

Artículo de Elmed.io:
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Cuando hablamos de la fusión entre cómic y política nos viene a la cabeza la sátira de El Jueves en España o la de Charlie Hebdo en Francia. Los asiduos de las viñetas recuerdan obras clásicas como V de Vendetta Maus, laureada esta con el Premio Pulitzer en 1992. También están los míticos superhéroes de Marvel, la casa de Stan Lee, con sus connotaciones políticas, sobre todo en su último gran proyecto: Civil War. Alejándonos de la ficción, tenemos como un hito de nuestros días El informe 11-S, basado en las conclusiones de la comisión creada por el Congreso de los EEUU. Y, definitivamente, uno de los prodigios contemporáneos de la novela gráfica de corte político es Pyongyang, del canadiense Guy Delisle. Es cierto que ya nos hemos consternado con documentales como Amarás al líder sobre todas las cosas, conducido por Jon Sistiaga, y Corea del Norte: Acceso al terror, producido por la BBC. En Querido Líder, de Barbara Demick, hemos leído cómo la represión y el terror del régimen castigan diariamente a los norcoreanos. No obstante, Delisle ofrece un retrato único de la demente dinastía comunista de los Kim, cargado de humor, ironía y sencillez, que desmonta la realidad hermética y absurda de Corea del Norte. Unas páginas sardónicas que huelen a humor cotidiano y a sinceridad ante la paranoia. Pyongyang es un cómic imprescindible, ya sea para frikis del octavo o noveno arte –a partir del séptimo, todos se pelean por ser el siguiente– o para legos en la materia.
El dibujante canadiense estuvo en Pyongyang tres meses debido a su trabajo, pero en los últimos años se ha dedicado a acompañar a su mujer, que trabaja en Médicos sin Fronteras, por varios destinos desheredados. Fruto de ello fue la novela gráfica Crónicas Birmanas, donde Delisle volvió a tener éxito retratando, con su celebrada ironía, un régimen grotesco.
Israel ha sido el último destino del matrimonio Delisle. Y de ahí ha surgido la obra que nos ocupa: Crónicas de Jerusalén.
Deliste comentó al publicar el cómic: “Jerusalén es una democracia donde la gente se puede expresar libremente y que nada tiene que ver con los Gobiernos asiáticos”. Era un buen presagio. Personalmente, me moría por devorar el libro, dada mi admiración por Delisle y teniendo en cuenta que yo también viví un año en Jerusalén, en la misma época que él –casi nos cruzamos en el aeropuerto– y apenas a un kilómetro de su apartamento en Jerusalén Este.
Tristemente, el cómic deja, al terminar la última página, un regusto amargo, mezcla de decepción y rechazo. La decepción no sólo es producto de las expectativas creadas por el currículum de Delisle, sino por el contenido de la obra, ya que, habiendo vivido en la misma ciudad en circunstancias parecidas, habiendo visitado los mismos lugares, la percepción ha sido distinta y, en muchas ocasiones, abiertamente contraria. No es cuestión de hacerle un servicio a la conspiración sionista mundial desdiciendo a Delisle; es, lisa y llanamente, que Delisle sólo cuenta una parte de la historia y forma una imagen que, cuanto menos, mueve a una fuerte confusión sobre el conflicto de Oriente Medio.
A diferencia de Pyongyang Crónicas Birmanas, aquí Delisle obvia o pasa por encima de muchos hechos históricos necesarios para comprender la situación –igual que un cómic antológico sobre el tema: Palestina, de Joe Saccoy cae en la pulsión morbosa de establecer la loca comparación entre el conflicto entre israelíes y palestinos y el nazismo. Como apunta Stephen Carlick, en una reseña favorable en el National Post canadiense: está claro que Delisle simpatiza con una de las partes en el conflicto. También en el blog So Misguided se dice que el libro de Delisle es parcial.
En lo técnico, el canadiense sigue estando a la altura. Las viñetas plasman imágenes emblemáticas  de Jerusalén, como la que puede contemplarse desde el famoso hospicio austriaco de la Sagrada Familia, en la Vía Dolorosa, desde donde se disfruta de la mejor vista de la Ciudad Vieja y de una de las mejores vistas de todo Israel. Al igual que hace con sus demás obras, en cada viñeta brilla la sencillez, y dota a cada una de la oportuna carga argumental. El dibujo nos vuelve a dejar nostalgias de Hergé.
Delisle narra su año en Jerusalén, en el cual se dedica a cuidar de sus retoños, a pasear por la ciudad; a visitar checkcpoints, barrios árabes y ciudades palestinas, y a dar un par de conferencias: una en la universidad de Tel Aviv y otra en la Universidad de Ramala. De las principales conclusiones que extraemos después de una primera lectura es que Delisle considera que los fuertes sentimientos religiosos han creado una situación surrealista que sorprendentemente sigue resultando sostenible. Pero este claim laico, que parece bienintencionado, se oscurece por las conclusiones que vienen a continuación.
Parece que, según Delisle, el único escollo para alcanzar la paz lo ponen los colonos. Todos los colonos que el autor dibuja son arquetípicos, incluso su caracterización transmite, en ocasiones, escalofríos. Delisle cierra los ojos ante el hecho de que los colonos no son una entidad homogénea: hay tantos tipos de colonos como asentamientos existen. A Delisle le parece un crimen horrendo que colonos fanáticos destrocen cultivos, pero no menciona los atentados suicidas que sembraron de terror Israel –el Israel de las fronteras anteriores a 1967, no las colonias– durante los ominosos años de la Segunda Intifada. No se pregunta por qué han levantado el muro de seguridad y, sobre todo, cuántas vidas ha salvado éste. Reduce el conflicto a colonos y palestinos no combatientes, cuando por un lado la inmensa mayoría de la población israelí no es colona y está a favor de la creación de un Estado Palestino –un 71%, según el Harry Truman Research Peace Institute–, y muchos consideran a los colonos, en palabras de Samuel Johnson en Heeb Magazine, locos excéntricos, y por otro lado el liderazgo palestino está preso aún de mitos de sangre y prejuicios contra el pueblo judío.
En la obsesión que tienen él y los compañeros de su mujer con los colonos, es imposible evitar una carcajada cuando trabajadores de Médicos sin Fronteras se mudan al asentamiento de Pizgat Zeev, a las afueras de Jerusalén Este –por el precio, aducen–, o cuando Delisle, que se resiste a comprar en el supermercado de dicho asentamiento, observa cómo mujeres árabes van allí a hacerlo apaciblemente.
Los únicos israelíes que salen bien parados son los estereotipados pacifistas antirreligiosos que conoce en Tel Aviv. Se ha vuelto demasiado recurrente el arquetipo que tanto gusta a un gran espectro de la opinión pública: el judío que claudica, que no se defiende. Recuerda al judío bueno de la película Amerrika, ese que es ateo y vive fuera de Israel. Un judío tocado con kipá,  uniformado y clamando que defenderá su tierra y su gente hasta las últimas consecuencias sigue resultando grotesco para muchas conciencias. Delisle le da el aprobado a la capital económica de Israel –curioso, porque precisamente en Tel Aviv la población árabe es de un 4,2 %, mientras en Jerusalén es del 36%–, porque la observa laica y fuera de la esfera religiosa de Jerusalén.
En relación a los dos mundos paralelos que, según el autor, habitan en Jerusalén, parece muy sorprendido por la existencia de servicios de autobuses diferentes para árabes y para judíos. Plantarse en esta afirmación es ocultar la realidad. En la ciudad de Jerusalén opera una sola compañía de autobuses, Egged, que tiene dos servicios: el que viaja por Jerusalén y los barrios judíos periféricos y el que opera en los barrios árabes. Árabes y judíos viajan en el primero, pero los judíos no suelen viajar en el segundo. Un matiz interesante que Guy Delisle obvia.
Es entendible que el ambiente en el que se movió durante su año en Jerusalén fuera propenso a mirar las cosas desde una sola perspectiva, pero Delisle no se acerca, ni de lejos, a ninguna víctima de un atentado suicida o de un misil de Hamás. Ni siquiera critica al movimiento islamista, que disfraza a sus niños de combatientes y ensalza el martirio contra los judíos, por no mencionar sus cifras de sangre y terror.
Yo no sólo he vivido a menos de un kilómetro de donde Delisle lo hacía. He visitado Hebrón, como él; he visitado Silwan, he estado en Nazaret, en Beit Jallah, en el mismo punto de la frontera con Gaza en el que él se toma un café; he estado en Cisjordania tanto en poblados árabes dentro de la Zona C –que administra civil y militarmente el ejército israelí– como en colonias y he estado en el checkpoint de Qalandia. Y mi impresión no ha sido la misma. Hebrón no me recordó a Alemania en los años 30, no vi a los palestinos lucir distintivos ni vi cámaras de gas, ni campos de concentración, ni torturas ni experimentos médicos.Y el checkpoint de Qalandia no tiene mucho que envidiar a otros puestos fronterizos férreos, como, sin ir más lejos, los instalados en Melilla.
Delisle puede contar lo que quiera porque no es un reportero o un observador internacional. Es un viajante, un autor independiente, no se le puede exigir ni la objetividad ni el rigor que pediríamos a un informe técnico o a un reportaje. Crónicas de Jerusalén es un cuaderno de bitácora. Nada más. Puede su autor decantarse abiertamente por una de las partes y menospreciar, soslayar o callar hechos que son fundamentales para entender el conflicto, es cierto. Pero pese a ello Delisle ha intentado ser pedagógico; según sus propias declaraciones:
Es interesante pero difícil porque para llegar a explicar algo de manera pedagógica hay que ser simple y comprender bien lo que hay detrás. En mis libros yo sólo doy las grandes líneas de un problema, pero antes he entendido la realidad de lo que pasaba.
No, aquí no ha dado las grandes líneas para entender lo que hay detrás, ni ha logrado ser pedagógico. No puede serlo si sólo aporta una visión sesgada de un conflicto enquistado, con víctimas en ambos bandos y con razones legítimas en cada lado. Crónicas de Jerusalén es, en suma, un retrato fallido y turbio de lo que acontece en la ciudad tres veces santa.

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