jueves, 6 de octubre de 2016

El PSOE como síntoma del desbarajuste institucional

J.M. Blanco analiza el enorme desbarajuste institucional que sufre España, a raíz de la crisis del PSOE.

Artículo de Voz Pópuli: 
Pedro SánchezPedro Sánchez (EFE)
La aguda crisis del PSOE, retransmitida en directo el pasado sábado, constituye una estupenda descripción, una excelente radiografía del actual funcionamiento de los partidos y, por ende, de la política en España. Resulta significativo que un enfrentamiento tan virulento no llevase aparejada una discrepancia política o ideológica. De hecho, no hubo discusión de ideas, tan sólo una disparatada disputa barriobajera por el poder, la típica trifulca que se desencadena al reducirse los puestos que reparten esas agencias de colocación, todavía denominadas partidos políticos.Casi con toda seguridad, los representantes socialistas se encontraron en su salsa cuando los acontecimientos derivaron hacia el único terreno que dominan todos los líderes políticos españoles: la conspiración, la trampa, la maniobra. Esas tácticas de enfrentamiento entre facciones que buscan pisar el callo, o el cuello, al oponente. No hubo argumentos, siempre ausentes en los partidos, o en el Parlamento, por resultar innecesarios: la postura de cada cual, lejos de responder a razones o planteamientos, está determinada por la pertenencia a un grupo y, en última instancia, por las expectativas de pérdidas o ganancias personales. Puedes cambiar un voto, pero sólo si convences... de que proporcionarás más prebendas que tu oponente. La única particularidad, el elemento más interesante del comité federal del PSOE, es haber expuesto estas miserias en abierto, a la vista del público, sin guardar forma alguna. Una falta de disimulo que señala la avanzada degradación de nuestro sistema político. 
Raramente se escuchan argumentos en estas contiendas entre facciones que solo buscan el poder. Las saetas ideológicas no son más que señuelos, consignas simplistas para obnubilar a las bases, o a las masas, para lanzarlas sobre el adversario. En su alocución del viernes, Pedro Sánchez intentó convertir la descarnada pugna en una lucha entre el bien y el mal, entre quienes, cómo él, cerrarían la puerta a la malvada derecha, al corrupto PP, y quienes pretendían franqueársela. Vano intento de convencer a un país ya muy descreído, bastante convencido de que la maldad, y la estulticia, se encuentran muy repartidas por todo el espectro político. Y de que la corrupción no es propia de un partido u otro, sino sistémica, absolutamente generalizada aunque, por mera estadística, el número de casos conocidos sea proporcional al poder que ostenta cada partido. Sólo un puñado de militantes cayó en esa trampa, ignorando que Pedro, como típico dirigente partidista, habría utilizado cualquier consigna, incluso la contraria, si sirviera a sus intereses. Elegido como figurón temporal, de compromiso entre facciones, una vez sentado en el sillón no quiso dejar pasar la oportunidad de perpetuarse a toda costa.    

La dorada atracción de la política

Sánchez no facilitó la investidura de Mariano Rajoy, lo mismo que éste no propició la de aquél, no por cuestiones de alta política, ni por determinadas visiones del mundo, sino por meros intereses personales. Pedro hubiera cedido a otros grupos, o grupúsculos, cuanto fuera menester con tal de permanecer en el sillón, de aspirar a la Moncloa. Y Mariano, tras ordenar a sus periodistas difundir la consigna de que España se hundiría sin su pronta investidura, ahora se plantea propiciar, o no, unas terceras elecciones según convenga a sus particulares intereses. Veremos las excusas que esgrimen los correveidile para justificar semejante giro argumental, si este llega a producirse. Nuestros líderes políticos, sean tradicionales o nuevos, exhiben unos principios flexibles, mutantes, adaptables a cada coyuntura, en un país donde los partidos no ganan las elecciones para aplicar un programa: hacen el programa para ganar las elecciones.
Pero no hay que buscar las causas de tal degradación en nuestra particular cultura o idiosincrasia, o en la ignorancia del votante, sino en los nefastos mecanismos de selección de dirigentes. Y en los perversos incentivos creados por las reglas del sistema político. Justo eso es lo que hay que cambiar. Dado que los votantes no pueden discriminar por candidatos individuales, se ven obligados a elegir por lotes, por manojos, escoger una sigla, no una persona, son los partidos quienes seleccionan a los dirigentes con criterios que no son precisamente la excelencia, el mérito o la honradez. Más bien la lealtad a una persona o grupo, la carencia de espíritu crítico, la conducta oportunista o esa deplorable inclinación a adular al jefe.
Se dirá que Pedro Sánchez fue elegido por los afiliados. Pero el sistema de primarias, en principio atractivo, deviene ineficaz en partidos ya degenerados o en sistemas podridos. Con buena parte de la militancia colocada en puestos de la administración, o aledaños, el voto de las primarias no refleja tanto la valía o ideas del candidato cómo inconfesables intereses corporativos, intercambios de favores. En un sistema profundamente clientelista, buena parte de los afiliados vota la postura del capo de su mafia, aquél a quien debe las prebendas.
Pero no hay que olvidar el problema de fondo:la política atrae a demasiados sujetos con características negativas, una especie de selección adversa que se agrava en España por la ausencia de mecanismos correctores. “Su Majestad no entendía que tanta gente ansiara formar parte del Parlamento, cuando el puesto ocasiona tantas molestias a cambio de una magra remuneración. Sospechaba que tan exaltada virtud y tan enorme espíritu cívico podrían no ser tan sinceros. Y que algunos parlamentarios abrigasen el propósito de resarcirse de gastos y fatigas sacrificando la conveniencia pública", señalaba Jonathan Swift en Los Viajes de Gulliver (1726), una profunda sátira política y social. Ciertamente, la política puede ejercer tres tipos de atractivos: el salario, los ingresos de actividades corruptas y las ganancias de carácter psíquico: fama, prestigio, poder, satisfacción de servir a los ciudadanos, posibilidad de aplicar las propias ideas etc..
Buscando con candil un hombre honrado
La dedicación a la política puede implicar una importante pérdida económica para los sujetos muy cualificados −especialmente para los profesionales del sector privado− honrados y diligentes. Pero una suculenta ganancia para quienes no se molestaron en formarse, muestran aversión al esfuerzo o poseen pocos escrúpulos. Y la llamada del deber se deteriora al generalizarse los políticos incapaces o corruptos, o aquellos que reúnen ambas características, cumpliéndose una particular Ley de Gresham: los malos políticos acaban desplazando a los buenos. Por mucho que, como Diógenes, buscáramos a la luz del candil un hombre honrado, preparado, lúcido y cabal, poco interesante encontraríamos en los actuales partidos. Un enorme obstáculo a la renovación, al buen liderazgo.
La perversa dinámica partidista ha acabado contagiando a la sociedad, generando un sistema de acceso restringido, basado en privilegios, no en la sana competencia o la igualdad de oportunidades. Donde la posición de cada uno depende menos del mérito o el esfuerzo que sus relaciones personales, de la pertenencia a una facción o de su posición en el sistema clientelar. Un marco que sustituyó el debate de ideas por el intercambio de favores. Por ello, la reducción de la tarta genera enormes conflictos. La clave de la trifulca en el PSOE se encuentra en la pérdida de votos, poder e influencia; demasiados acólitos para tan pocas sillas.  Los ganadores se repartirán el menguante botín y... Vae Victis.  Nuestros políticos son muy comprensivos, muy flexibles para cambiar de ideas, consignas, línea política, alianzas o chaqueta. Pero hagan amago de tocarles el sillón y... se arma la de Troya.

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