jueves, 6 de octubre de 2016

Populismo y mentira

Carlos Rodríguez Braun se hace eco de la obra de Miguel Wiñazki sobre la relación entre populismo y mentira. 

Artículo de su blog personal:
El destacado periodista argentino Miguel Wiñazki, secretario de redacción del grupo Clarín, es autor de Crítica de la razón populista. La mentira como espectáculo, que publicó en Buenos Aires la editorial Margen Izquierdo.
La esencia del populismo es la mentira, empezando porque presume de liberar al pueblo y de mejorar la condición de los ciudadanos más pobres, cuando en la práctica “después de décadas de populismo, lo más concreto y tangible son los pobres…La Razón Populista bajo el relato de la emancipación de los pueblos encubre su opuesto, la sumisión de los pueblos…La verdadera verdad del populismo no es su relato libertario sino su evidencia oprimente”.
No coincide puntualmente con el fascismo y el socialismo, pero sí comparte varios aspectos con ellos, como el antiliberalismo, el culto a la personalidad o “la distorsión colectiva de la imagen”, y la manipulación constante de la información, con el objetivo de confundir lo verosímil, lo deseable y lo posible a corto plazo mediante el sacrificio de una minoría malvada (la casta, la elite, la oligarquía): “el púlpito populista conlleva siempre un sermón poblado de diablos a los que temer y a los que se ordena destruir”. Por eso el populismo entra siempre en tensión con la prensa libre: “No hay populismo sin anti periodismo”. Como tampoco hay populismo sin miedo: “El populismo es el producto de un ataque de pánico colectivo, conjurado entonces por un padre o una madre que protege al pueblo de todos los males”.
La corrupción a gran escala es otra seña de identidad: “No todos los modelos o sistemas políticos son cleptocráticos: el populismo sí lo es”. Mientras despotrican contra la riqueza, y en esto se solapan con algunos mensajes religiosos (recordemos la crítica incesante de Francisco y otros pontífices contra el “Dios dinero”), los líderes populistas acumulan fortunas descomunales, que ocultan, curiosamente igual que hacen con la Hacienda que supuestamente vigilan con celo en bien del pueblo; el populismo, en efecto, “despliega un patrón de conducta política: la oscuridad de las cuentas públicas”.
En este libro, Miguel Wiñazki, que revisa el populismo en la Argentina, Venezuela, Bolivia y otros países, presta atención a Podemos en España, y en particular a Iñigo Errejón, que reproduce las consignas populistas que sustituyen la lucha de clases por otra ficción más amplia, el pueblo contra el anti pueblo, ficción que permite incorporar al campo virtuoso a los empresarios, siempre que sean “nacionales”, es decir, proteccionistas, antiliberales, o que vivan, como tantos otros, de la subvención, el crédito barato, etc.
El sentimentalismo como instrumento de consolidación del poder es omnipresente en el populismo, pero ni sus manipulaciones emocionales ni sus paranoias ocultan que su accionar opresivo se funda en una constante inmoral: la mentira.

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