viernes, 27 de julio de 2018

El feminismo “enemigo del feminismo”

María Teresa González analiza al actual movimiento feminista radical, enemigo del propio feminismo. 
Artículo de Disidentia:
Al acercarnos al feminismo reparamos en que éste hace tiempo abandonó el atlas del garantismo jurídico tras suplantar la lucha de la igualdad por la búsqueda de la identidad lingüística, cultural… Y de género. Semejante deriva la había propiciado la izquierda marxista al abrazar la bandera del multiculturalismo. Ni que decir tiene que el precio pagado por el arrinconamiento de la noción de ciudadanía ha sido muy alto, porque “¿qué político avieso no prefiere esto en el candelero en lugar de tener reivindicaciones bien ordenadas, con agenda y fechas? Es maniobra de escamoteo. Es llenar de troyanos y enviar a otra parte las señas de identidad del feminismo” democrático, ha señalado recientemente la filósofa española Amelia Valcárcel.
Desde luego, en este salto de lo público a lo privado colaboró el auge del postestructuralismo. Esta corriente nacida a rebufo de las protestas del 68 francés vino como agua de mayo a socorrer a intelectuales desnortados que, con la ayuda del cogito interruptus, aceptaron la proposición de que las construcciones sociales motivan las diferencias entre sexos.
Con la idea deque el sexo está condicionado por el marco social, la norteamericana Judith Butler escribiría Gender Trouble (El género en disputa: 1990) Gracias al relativismo de Butler otras pensadoras hicieron de la contracultura el nuevo nómos, la brújula de la sociedad del futuro. Lo que vendría a continuación es de sobra conocido: desde el voluntarismo sexual maleable y absolutamente a la carta se abonó el sectarismo. Y fueron acalladas las críticas de feministas disidentes.
Entretanto, las adalides del neofeminismo planificaron campañas alarmistas en torno a la violencia del patriarcado y a la opresión de la heterosexualidad. Y, desde el rechazo a todo lo que simbolizase “autoridad” hallaron alianzas con representantes de las tendencias queer. Con ellos y en busca del empoderamiento darían fin a los valores de la igualdad, eso sí, tras penalizar, ¡viva la Inquisición!, el uso de las palabras “mujer/hombre” y ocultar el influjo de la biología.
A golpes de efecto, la teoría de “género” pudo ganar la batalla mediática y ser elevada a los altares durante la famosa Conferencia Mundial sobre la Mujer celebrada en Pekín en el año 1995. A partir de ahí creció la ficción, ene cientos de veces repetida, de que todo es transformable y permisible; de que en el reino de los deseos nada es concluyente y, mucho menos, biológicamente definitivo. ¿Cómo no iba a ser así? Ya sabemos que “para la izquierda el hombre no tiene naturaleza”,aspiración distópica que con sagacidad desenmascaró el libertario Murray N. Rothbard en su obra Por una Nueva Libertad (1973).
Pero sigamos. Las autoproclamadas guías del feminismo occidental afirmaron estar desterradas del estado de derecho. Quebraban así la tradición que había iniciado la francesa Olympia de Gouges con su Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana (1791).¿Pero de verdad están desterradas del estado de derecho estas feministas occidentales de clase media y alta? En absoluto,aunque sí convencidas de su superioridad moral, motivo por el que se colocan por encima del estado de derecho. Y fuera del terreno “igualitario” de la ley exigen positive action, tratos de favor, que reconozcan el carácter excepcionalísimo de su identidad.

El hombre es un ogro

Por supuesto, el hombre no es a priori un ogro. Y frente ahombres que aniquilan la convivencia y la vida ajena y por sus actos han de ser castigados desde el estado de derecho, la mayoría de los varones nunca incurre en este tipo de atropellos. Lo que nos recuerda, en palabras de la feminista Camille Paglia (Feminismo pasado y presente: 2017), que “la historia de la humanidad no consiste en una serie interminable de atrocidades. Los hombres también han protegido a las mujeres”.
Sin embargo, las teóricas del género están buscando crear en Occidente latifundios tan sexistas como aristocráticos. Y no pocas organizaciones y partido imponen la moneda del desigualitarismo después de obviar que la responsabilidad personal, no la condición sexual, es lo que determina nuestros actos. Con los sesgos de la filosofía de género, llegan a aprobar medidas jurídicas basadas en la infantilización del sexo femenino, es decir, en la sobreprotección y en la sobreindulgencia, pues no hay necesidad de comprobación de que haya habido maltrato.
Esta clase de conductas constituye un atropello al estado de derecho, idéntico al que cometió la periodista Meredith Maran. En 1988 esta norteamericana tuvo,al salir del despacho de su terapeuta, el pálpito de que había sido objeto de maltratos en su niñez. Y, persuadida de la veracidad de su memoria, esta feminista acusó a su padre de cometer incesto con ella durante su infancia. Esta historia autobiográfica se vio repetida en decenas de miles de norteamericanas, convencidas de que habían reprimido sus recuerdos infantiles de abusos sexuales. Años más tarde, el relato de Maran daría un vuelco copernicano cuando ella se dio cuenta de que, enredada en el imaginario de la lucha contra las figuras masculinas,no había sino inventado la existencia de abusos sexuales. Lea un extracto de esta tragedia aquí.
Con testimonios semejantes a los de Maran se envió en EE UU a muchos hombres a la cárcel. No obstante, esta feminista, quiso compensar el daño causado y decidió escribir en señal de honestidad y reparación Mi mentira: la historia verdadera de una memoria falsa (2010). Pero, ¿cómo pudo suceder tal cosa? Aceptándose la máxima de que “el hombre es culpable hasta que se demuestre lo contrario”, todo ello tan poco democrático como lo que ocurrió en Occidente en las épocas, felizmente pasadas,en que se dogmatizaba que la mujer era un ser “imbécil”, o sea, un ser incapacitado social, política y jurídicamente.
Por supuesto, en contra de estos prejuicios y de otros muchos desvaríos perpetrados en nombre del sexo,el feminismo “democrático”alza su voz de queja. Y pese a los riesgos de hacerlo desaparecer -ya se intentó en 1793 llevando a una filósofa hija de carnicero a la guillotina-,aquí estamos,dos siglos después, resguardando las sendas democráticas que Olympia de Gouges espectacularmente inició.

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