miércoles, 4 de julio de 2018

La hora de la derecha

Javier Pérez Bódalo reflexiona sobre el devenir hacia la nada del Partido Popular, los motivos de su creciente salida de votantes y su problema interno, así como el porvenir y reto que debe acometer por su propio bien. 


Hace diez años, el (aún hoy) presidente del Partido Popular arengaba a sus votantes en un mitin en Elche sobre que “si alguien se quiere ir al partido liberal o al partido conservador, que se vaya”. Entonces algunos pensaron que dónde iría el partido de la gaviota si tanto los liberales como los conservadores se marchaban, y en qué quedaría toda aquella construcción que puso la economía española viento en popa y redujo el paro a niveles insólitos en democracia. Hoy vemos en lo que se ha convertido tras el exilio forzoso de buena parte de sus miembros: un partido sin ideología definida, que lucha por evitar la etiqueta de facha y pide perdón constantemente por no ser suficientemente progre. Unos votantes que han perdido la fe en casi todo y que siguen echando la papeleta única y exclusivamente para que no gane Podemos, por el miedo al “que vienen los rojos”. Este hecho no es endémico del PP, pues precisamente la democracia tiene su fin último en ello: votaré a A porque no me gusta B. Sin embargo, en el caso del Partido Popular, el extremo clama al Cielo.
No es necesario hacer juicios de pureza para ser opción de voto. Si usted que me lee esperaba tener un partido a mano que redujera el peso del Estado a niveles suizos, privatizase la sanidad al estilo de Singapur y reformase las pensiones a la chilena simplemente debe despertar del sueño y espabilar un poco, porque eso -desgraciadamente- no va a pasar. En política no se produce el ceteris paribus que solemos sufrir en los análisis de barra de bar: si quito esto de aquí y lo pongo más allá no va a cambiar España por arte de magia. Pero al menos, sí cabía esperar mejoría dentro del sistema necesariamente defectuoso que es la democracia representativa.
Nadie en el Partido Popular parece ver que el problema está dentro del travestismo ideológico que lo ha infectado en los últimos dos lustros, y que lleva a una suerte de dictadura de lo políticamente correcto sumada a la autocensura más lamentable. No es necesario avergonzarse de que a uno le guste España, no hay que dar la victoria a los perdedores ochenta años después de una Guerra que a nadie le importa, no hace falta que de su bolsillo salgan operaciones de cambio de sexo y puede que el aborto no esté tan bien como lo pintan. Incluso quizás, y sólo quizás, usted no es una mala persona por preferir que le bajen un poco los impuestos, por pretender escoger qué hace con su dinero y por pensar que cada uno se puede acostar con quien quiera siempre que no sea en medio de la calle.
Si alguno de los siete candidatos a las primarias es capaz de encarar el reto de reducir la presión fiscal, de aflojar la soga de los autónomos, de defender la unidad de España, la familia y la propiedad privada tendrá posibilidades de gobernar con apoyos. Si no, seguirán viendo atónitos el goteo de evasiones que huyen de sus filas a Ciudadanos y a Vox, dos partidos tan lastrados como cualquier otro pero que al menos, el primero como socialdemocracia buenista y el segundo como derecha conservadora, no enganañan a nadie.
Es la hora de la derecha liberal, de dejar de ser sólo antiPSOE y antiPodemos. Quizás para que este país y su libertad sigan mereciendo la pena no sólo hace falta gobernar por desistimiento del contrario y cosechar mayorías a golpe de fracasos del anterior. Tal vez no pase nada por ser un poquito liberal y por defender España. Sólo un poquito, por lo menos, para no seguir destruyendo a la clase media ni dividiendo el país en diecisiete califatos.
¿Estará el Partido Popular a la altura? Esperemos que sí.
De no ser así, que Dios nos pille confesados.

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