miércoles, 25 de julio de 2018

Enemigos del comercio

Fernando Díaz Villanueva analiza la actual guerra comercial y la cuestión de la defensa de libre comercio ante el proteccionismo contra el que se acusa ahora a Trump, tratándose hipócritamente de esconder por dichos acusadores otras medidas proteccionistas que disfrazan la cuestión de los aranceles. 

Y es que aquí, nadie puede hablar, e incluso muchos tienen mucho más que callar. 



Artículo de Voz Pópuli: 

Donald J. Trump y Angela Merkel, durante una rueda de prensa conjuntaDonald J. Trump y Angela Merkel, durante una rueda de prensa conjunta EFE

Las bondades del libre comercio son bien conocidas. No es necesario hacer mucha teoría al respecto porque la práctica se basta y se sobra para demostrarlas. Los últimos setenta años de paz se deben en buena medida a una política arancelaria laxa y a la creencia firme por parte de los gobiernos de que si los bienes no cruzan las fronteras lo harán los soldados.
Esta liberalización general del comercio mundial tras la guerra fue la consecuencia directa del proteccionismo de los años 30. Se le culpó como uno de los responsables del ascenso de los fascismos en el periodo de entreguerras. El programa económico de posguerra se fundamentaba en evitar a cualquier coste que aquello volviese a suceder. La pobreza y el desempleo fue el alimento que llenó las filas del partido nazi. Detrás de aquello estaba el cierre de fronteras y la caída del comercio transatlántico a partir de 1930. La Alemania de Weimar se llenó de desempleados. El resto ya lo conocemos.
Así nació el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio), que décadas más tarde se convertiría en la OMC. EEUU, que fue uno de los países más proteccionistas durante los años que precedieron al conflicto bélico, no sólo se abrió al mundo, sino que se erigió en un paladín del librecambismo. Hoy el comercio internacional se efectúa básicamente en dólares y tiene a EEUU como su centro neurálgico.
El arancel medio estadounidense es del 1,6%. No se les puede acusar de tener la frontera cerrada a productos foráneos. Al contrario, el primer importador del mundo es Estados Unidos a mucha distancia del segundo. Cuando Washington habla de libre comercio lo hace con mayúsculas. Practica la apertura incluso cuando sus socios hacen lo contrario.
Podría pensarse que en esto o hay reciprocidad o se rompe la baraja, pero no siempre hay baraja. Me explico, los aranceles son sólo un elemento del intercambio comercial. Un país puede fijar aranceles del 0,5% o incluso suprimirlos por completo, pero luego llenarlo todo de regulaciones arbitrarias o subsidiar a los productores nacionales para que sea imposible competir con ellos. El arancel bajo queda de este modo totalmente diluido.
Este es el caso de la Unión Europea, que impone aranceles muy suaves con una mano, mientras con la otra teje una endemoniada maraña regulatoria, al tiempo que enciende el aspersor de las subvenciones para las empresas propias. Algo similar sucede en China, Japón o Canadá. A veces se nos olvida que la UE nació en los años 50 como un cártel del acero y el carbón que con los años devino en la organización actual. Hoy la Unión se precia de ser el mayor mercado del mundo y se cuelga la medalla de campeón del libre comercio.
Pero sucede que a menudo su mercado es simplemente inaccesible para muchos productores extracomunitarios, incapaces de cumplir con una asfixiante regulación hecha en algunos casos a la medida de los fabricantes locales. Esto también es proteccionismo aunque sabiamente escamoteado tras la pantalla de los aranceles.
Cuando hace unos meses Donald Trump anunció que subiría los aranceles al acero un 25% y al aluminio un 10% todos se echaron las manos a la cabeza. "Trump se está cargando el libre comercio y el consenso de posguerra", decían alarmados sin advertir que Obama ya había elevado los aranceles al acero laminado en frío poco antes de abandonar la Casa Blanca. Los subió no un 25%, sino un 522% para detener en seco la entrada de esta modalidad de acero desde China.
Pocos se quejaron entonces. Muchos incluso justificaron al presidente arguyendo que le asistía el derecho a proteger su industria siderúrgica tal y como hacen los chinos, los europeos o los indios, cuyos aranceles de entrada son quizá bajos, pero que entregan generosos subsidios estatales para mantener funcionando a muchas acerías. En resumen, que Trump y Obama son dos enemigos del comercio, pero no menos que sus homólogos en Pekín, Bruselas o Nueva Delhi.
Pero vayamos un poco más lejos. Según las normas de la OMC cualquier país miembro puede elevar la carga arancelaria de manera unilateral si lo hace por razones de seguridad nacional, que es como Trump ha justificado su última subida. En el caso de que otros países no estén de acuerdo pueden impugnarlo ante la organización, lo que no pueden hacer es tomar medidas de represalia subiendo los aranceles en los mismos u otros rubros. Luego, aunque parezca sorprendente, quien se está saltando las reglas de la OMC son los chinos y los europeos. Al menos hasta ahora.
Es por ello que antes de poner el grito en el cielo por los injustificados ataques de Trump al libre comercio nos fijemos en lo que hacen sus supuestos defensores. Quizá sea necesaria una nueva ronda de comercio mundial que vaya más allá de los aranceles, y que ponga el dedo en asuntos que suelen ser ignorados como la regulación o los subsidios. Ahí, y no en otro sitio, es donde se camufla el proteccionismo de nuestro tiempo.

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