jueves, 17 de noviembre de 2016

La falsa moneda

Juan Manuel López-Zafra sobre la moneda local que Ada Colau implantará en Barcelona.

Artículo de El Confidencial:
Foto: La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, en una rueda de prensa. (EFE)La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, en una rueda de prensa. (EFE)
Gitana, que tú serás
como la falsa monea,
que de mano en mano va,
y ninguno se la quea...
Ramón Perelló
Este martes, supimos que el equipo de Ada Colau en el Ayuntamiento de Barcelona está a punto de lanzar una moneda local (o social, como les gusta llamarla) qué será efectiva de forma piloto en los primeros días de 2017. Apoyándose en los habituales mensajes de “no es la primera ciudad”, “es una iniciativa social” o “permitirá estimular la economía local”, nuestros próceres se dedican a dirigir el peligroso juego de “si esto ya ha funcionado, por qué no voy a poder replicarlo yo”. 'Esto' es el dinero, que efectivamente lleva miles de años entre nosotros, desde que los seres humanos nos dimos cuenta de que la satisfacción de nuestras necesidades mediante el intercambio era más sencilla si abandonábamos el trueque y utilizábamos un patrón, una medida común del valor de las cosas. Surgió entonces el dinero, de forma espontánea, y con él la moneda, que no es sino una materialización del anterior.
Las características fundamentales del dinero han sido históricamente dosmedio de intercambio sencillo y reserva de valor. Precisamente por esas dos razones, el individuo, libremente, sin imposición de ninguna autoridad, escogió el oro como moneda, tal y como explico en mi libro 'Retorno al patrón oro'. Y cada vez que el Gobierno ha tratado de apropiarse de la idea, ha fracasado. Ocurrió muchas veces en la historia. A primeros de 1700 en Francia, cuando el escocés John Law se puso al frente de las finanzas de la regencia (como recordaba aquí) o pocos años después, tras la Revolución de 1789, con la sustitución de la moneda basada en oro por la respaldada por tierras (expropiadas a terratenientes e Iglesia), conocida como asignados. En ambos casos, el Gobierno trató de sustituir la moneda que libremente habían elegido los ciudadanos por otra impuesta. El efecto fue en ambos casos el mismo: la quiebra del Estado por la desconfianza de los ciudadanos en la moneda.
Durante la Guerra Civil española, el Consejo de Asturias y León lanzó los famosos 'belarminos' (en honor a su gobernador general, Belarmino Tomás), con monedas y billetes en distintos faciales; lo mismo ocurrió en el País Vasco, en Cataluña, en Menorca o Cantabria, Palencia y Burgos. Hubo más de 2.000 corporaciones u organismos locales que pusieron en circulación más de 7.000 billetes diferentes. Si en el caso francés había detrás de la sustitución una necesidad perentoria por parte de la Administración (que carecía del oro necesario para respaldar la moneda, exactamente igual que ocurrió con los 'greenbacks' de la guerra de secesión norteamericana), no puede decirse lo mismo de las corporaciones locales españoles durante la Guerra Civil, donde, además de la ausencia de oro para respaldar las emisiones, existía una auténtica imposibilidad de acceder a la moneda oficial debido a la situación. Acabada la guerra, se restableció con el tiempo la 'normalidad' fiduciaria.
La humanidad lleva el periodo más largo de su historia sin verdadero dinero, en un experimento que acabará como han acabado todos los anteriores. Desde que en 1971 el Gobierno de Richard Nixon cerrase la ventanilla del oro, aceptamos como dinero lo que simplemente es crédito. Los gobiernos (siendo correctos, los bancos centrales, órganos de planificación financiera que no son sino la extensión de la voluntad de los anteriores) emiten moneda sin respaldo físico desde hace 45 años y los ciudadanos lo hemos aceptado por la única razón de ser el único medio liberatorio de las deudas con la hacienda pública. Es decir, usamos el dinero que nos coloca el Estado porque no podemos de otra forma pagar nuestra factura fiscal, esa que surge con el nacimiento del individuo.
Porque, siempre que dos monedas han competido en el mercado (y ha sido así siempre en la historia), ha triunfado aquella que mayor aceptación ha tenido entre los individuos, sin imposiciones gubernamentales. Porque, como bien señaló Gresham, la moneda considerada como mala desplaza a la buena, que desaparece de la circulación. Esta ley es tan fuerte como la de la gravedad y causó miles de muertos durante la Revolución francesa, cuando se ejecutaba a todo aquel sospechoso de 'especular' (atesorar) moneda de oro.
Lo que no recuerdan nuestros dirigentes, básicamente porque lo desconocen (éxito que comparten con el 99% de los alumnos de las escuelas de economía y administración de empresas, gracias a la tremenda labor de socavación de los fundamentos de la economía que ha llevado el 'mainstream' desde los años setenta), es que, como estableció Carl Mengeren sus 'Principios de economía', “el dinero no es un invento del Estado. No es el resultado de un acto legislativo.”
Ahora que Barcelona lanza una moneda tan social como la que pretende, yo solo tengo un par de dudas que seguro que desde allí pueden aclararme quienes gobiernan el municipio. Una, si no sería quizá más social reducir los impuestos que soportan los individuos y que de esta forma pudiesen elegir libremente a qué destinar su excedente monetario (poco o mucho, pero mayor que el actual, sin duda). Otra, si aceptamos que la medida se ha tomado por el bien de los ciudadanos, por qué no aceptan la nueva moneda como medio de pago de los impuestos de la corporación municipal. Seguro que, en tal caso, será aclamada y aceptada por todos, pues nadie puede pensar que, como en la canción, vaya a ir de mano en mano sin que ninguno la quiera.

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