martes, 22 de noviembre de 2016

Los mejores profesores del mundo

Santiago Navajas analiza la cuestión de la educación en España, la necesidad de la búsqueda de la excelencia y la necesidad de poner el foco sobre la figura de los docentes.

Artículo de Voz Pópuli: 
Jóvenes en una marcha estudiantil contra las reválidas.Jóvenes en una marcha estudiantil contra las reválidas. EFE
El dramaturgo y poeta Schiller defendía al público de la acusación de ser el responsable del empobrecimiento de la escena en su época. El culpable, argumentaba con valentía Schiller, eran los artistas, por no estar a la altura de su arte. Explicaba Schiller que el público “trae consigo una capacidad para lo más elevado, se alegra con lo sensato y justo”. El problema residía, según el filósofo alemán, en que los artistas habían renunciado a la excelencia del ideal artístico, sustituyendo dicha excelencia y el mencionado ideal por “valores subalternos”. Así, el público “cuando ha empezado a darse por satisfecho con lo malo, dejará con toda seguridad de exigir lo excelente.” 
Algo parecido está sucediendo con la educación en la actualidad. La responsabilidad del estado de la educación reside fundamentalmente en los docentes, no en los discentes. Es una constante en los sistemas educativos que tienen procedimientos eficientes de selección del personal docente y se estimula una carrera profesional orientada hacia la excelencia. Para ello hay que utilizar estrictos, rigurosos y precisos procesos de selección para que sólo los mejores y más brillantes consigan enseñar. Por otra parte, hay que mantener el listón de la exigencia bien alto para que no se devalue mediante la rutina.
Para ello hay que introducir en todo el sistema escolar la evaluación del profesorado por parte de los alumnos, así como unos exámenes a los alumnos que muestren cómo ha sido el desempeño en las clases. Pero la educación es un proceso complejo, lleno de intangibles, por lo que dichas evaluaciones, tanto al profesorado como al alumnado, han de ser manejadas con mucha precaución para que no desemboque en una enseñanza simplemente orientada a pasar test. Un Plan Nacional de la Educación, por tanto, debe poner todo el foco sobre las figuras de los docentes, aumentando su autonomía al tiempo que se incrementa su (auto) evaluación.
El objetivo final, como señalaba Schiller para la escena de su tiempo, no puede ser otro sino la excelencia. Para ello hemos de favorecer diferentes tipos de enseñanza, sin caer en el dogma de la metodología tradicional ni en el fetichismo de los “docentes innovadores”. Tan eficiente puede ser una “clase magistral” a la antigua usanza como una “flipped classroom” tan de moda. Las pizarras y las tizas como los iPad y la “realidad aumentada”. Si acaso, hemos de ser precavidos porque la esencia de la enseñanza no ha cambiado desde que Sócrates utilizó la mayéutica para enseñar a un esclavo, en el Menón de Platón, y la incorporación de las nuevas tecnologías, sin una reflexión y una prueba real sobre su incidencia, puede ser un caballo de Troya de intereses espurios y fetichismos pasajeros.
En el terreno educativo hay que tener especial cuidado con la imposición de nuevos dogmas, tan perjudiciales como los antiguos. En especial resulta nocivo la campaña contra la “memorización” emprendida por los adalides de la “creatividad”, así como la cruzada contra los “deberes” por lo mismos que santifican la “gamificación” y la sustitución del “conocimiento” por la “empatía”. Cuando Wittgenstein, el genial filósofo del lenguaje, estuvo trabajando durante seis años como maestro de escuela en aldeas austríacas, lo hizo bajo el paraguas de una reforma educativa que, no hay nada nuevo bajo el sol, atacaba el memorismo burdo y la falta de creatividad en el trabajo de los alumnos cuyo trabajo era fundamentalmente pasivo. Se trataba de transformar las escuelas “disciplinarias” en auténticas “academias de trabajo intelectual”. Por supuesto, los centros educativos actuales significan el triunfo del proyecto de renovación pedagógica que llevó a Wittgenstein a construir máquinas para que sus alumnos viesen cómo funcionaban y a quedarse con los más inteligentes después de las horas de clase para ayudarles en sus deberes. Y, por supuesto, les hacía ejercitar la memoria, haciéndoles aprender poemas de Keller y, de nuevo por aquí, Schiller. Sus alumnos, en un ambiente rural y campesino, estaban “destinados” a ser zapateros y agricultores pero no por ello debían ignorar las matemáticas, latín y poesía. El saber, además de utilidad, otorga dignidad.
Un Pacto Nacional por la Educación debe ser antes de nada un Pacto Nacional por, para y con los Profesores. Es fundamental que, como en el caso de los médicos, las técnicas de los docentes sean calibradas y evaluadas para comprobar que sus alumnos efectivamente aprenden a pensar, tanto en la teoría como en la práctica. Las herramientas para incentivar la mejora a los docentes no se tienen que convertir en mecanismos vulgares de “pago por productividad”, como si los docentes fuesen agentes comerciales de la venta. Sin mencionar el posible sesgo ideológico que podría haber en su aplicación, y no sólo en las asignaturas de ciencias sociales. Y, ya entrando en el terreno político, cualquier medida para retribuir a los docentes por la calidad de su enseñanza, llegando a despedir a los realmente malos, provocaría un nuevo incendio en el sector, por muy bien diseñado que estuviera el sistema de incentivos económicos, que es lo último que necesitamos en estos tiempos en los que es tan necesario cicatrizar las heridas abiertas por la LOMCE.
Las técnicas que emplean los mejores profesores son “gratis”: una retroalimentanción y comunicación real con el alumnado o que haya posibilidad de intercambio entre docentes y alumnos sobre problemas en el conocimiento. Tutorización por los propios alumnos de sus compañeros. También algo tan básico como que el profesor esté quieto al hablar, use un registro formal, despliegue un lenguaje rico y no termine las oraciones hasta que se tenga la atención de toda la clase. O que las clases no sean más “cajas cerradas” sino que sea obligatorio para los profesores asistir a clases de sus compañeros para comprobar cómo enseñan (de nuevo, no hay que plantear la apertura de las aulas como una cuestión inquisitorial sino como una oportunidad para aprender de manera interactiva con otros docentes).
Pero siempre sin olvidar la supremacía intelectual del profesor que debe de hacer que sus alumnos sean capaces de llegar lo más cerca posible a esa misma superioridad del pensar y el hacer. Un profesor de Física, por ejemplo, debe enseñar Física y, al mismo tiempo, enseñar a sus alumnos cómo aprender Física. Ese ideal del que hablaba Schiller, a cuya cima de excelencia se ha de llegar mediante el esfuerzo y el sacrificio. Por ello, una reforma educativa si es seria se encontrará siempre con la oposición de estudiantes, profesores y padres que favorecen los “valores subalternos” de los que hablaba Schiller. Porque la consecución de la excelencia será siempre “dura”, “difícil” y “dolorosa” (aunque también cabe que sea, de vez en cuando, “divertida”). De ahí que tanto en España como en Estados Unidos, Italia y Francia -ya sea con gobiernos de derecha o de izquierda- se hayan producido huelgas contra cualquier tipo de reforma que trate de introducir rigor y exigencia en el sistema. Pero ello no significa que dejen de plantearse (o, mucho menos, que se recurra a soluciones dictatoriales como en Singapur) sino que han de hacerse de manera que no sean percibidas por los agentes del sistema como una amenaza y una agresión sino como una oportunidad y un incentivo. Ya nos advirtió Schiller de que “contra la estupidez incluso los dioses luchan en vano”.

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