miércoles, 24 de octubre de 2018

Contra el Rey

Intersante análisis de Jorge Vilches sobre la cuestión de la monarquía y su relación/aceptación por los distintos partidos importantes desde la transición al momento actual y los cambios (y sus motivos) que se están produciendo al respecto. 

Artículo de El Español:
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Cuentan que Enrique Múgica, ministro socialista de Justicia, le soltó a Tom Burns: “Si la Corona sirve, ¿para qué cojones nos vamos a plantear la cuestión de la república?”. Era 1995. Otros tiempos. La monarquía de Juan Carlos I se había asentado sobre unas excepcionales relaciones con Felipe González, el Maquiavelo del príncipe, el asesor perfecto para mantener la Corona. Luego vinieron los tiempos de José María Aznar, quien se hizo heredero de la difícil relación que había tenido Fraga con el Rey. Don Manuel era seco y engreído, un erudito con malas formas y peor tono, que quiso ser Suárez, pero al que el joven Juan Carlos quiso ver consumido en la oposición.
Aquellas diferencias entre la derecha y el Rey, bien aderezadas con el poso del maurismo, ese conservadurismo liberal que recelaba de Alfonso XIII, hicieron que el PP no se construyera sobre la defensa ciega de la monarquía, sino de la Constitución. En realidad, era un canovismo redivivo: la Corona era una pieza básica del engranaje, pero siempre dentro del constitucionalismo, no más. De hecho, Pablo Casado, heredero directo de José María Aznar, no se cansa de recordar a su abuelo republicano como la prueba de que no tiene lastres históricos en la disyuntiva idealista entre monarquía y república.
El razonamiento de la derecha española ha sido, y es, tan expresivo como aquel que espetó Múgica, pero más refinado: la alternativa a la monarquía es el caos. Pero un caos porque la monarquía caería por obra y gracia de los que quieren desmontar la Constitución para construir su régimen particular, no una democracia liberal. El pacto de Estado de 1978 pasaba por respetar una monarquía como régimen común y dejar a la Corona al margen de la vida política. Esto y la soberanía nacional española eran los dos pilares del régimen.
Eso también lo pensó Rubalcaba cuando tomó las riendas del PSOE después del tsunami zapaterista. El socialismo español estaba desconcertado tras la etapa del republicanismo cívico que le inoculó Zapateros, añadido a la malhadada memoria histórica, que en última instancia disparaba contra la Monarquía “impuesta” por Franco, y la cuestión territorial, de nuevo en carne viva por la conllevancia con la oligarquía catalanista.
Rubalcaba se hizo cargo de un PSOE desnortado en el interregno entre su derrota de 2011 y la elección de Pedro Sánchez. El zapaterismo había dejado la organización como un solar por la adopción de un discurso guerracivilista, la ruptura del consenso constitucional con el PP por el Pacto del Tinell, la nefasta respuesta a la crisis económica, y la falta de reemplazo en la dirección. Al tiempo, la imagen de la monarquía se había deteriorado.
La accidentada cacería de Juan Carlos I en Botsuana, la relación con Corinna zu Sayn-Wittgenstein y la imputación de Urdangarin hacían que la imagen pública de la Corona en 2012, en plena crisis social, cayera a sus más bajas cotas. No valieron las palabras de disculpa del Rey a la salida de la clínica porque dieron la impresión de ser la confesión de una vida frívola. El rey estaba desnudo, y todos lo comentaban. “El hechizo se había roto”, como ha escrito Juan Francisco Fuentes.
La idea de la abdicación sonaba desde 2003, un año antes de la boda del entonces Príncipe, pero el PSOE no estaba en disposición de mantener la lealtad a la Monarquía más allá de Juan Carlos. Fue entonces cuando Rubalcaba marcó los tiempos para evitar que las bases zapateristas, pronto sanchistas, y luego podemizadas, se decidieran por el republicanismo.
El PSOE vivió un calvario aquel 2014, comenzando por la ruina en las elecciones europeas en mayo, y siguiendo con la convocatoria de un congreso extraordinario en julio. Pero el problema tuvo lugar cuando, en plenas primarias, abdicó Juan Carlos I. Hubo una parte de los socialistas que dijeron que ahí había terminado su lealtad con la monarquía constitucional. Además, creyeron que levantar la bandera de la República les serviría para recuperar a los votantes que se habían ido a Podemos.
Pérez Tapias, el tercer candidato junto a Madina y Sánchez, y respaldado por Izquierda Socialista, dio una vuelta de tuerca al zapaterismo y a su memoria histórica: el PSOE era el heredero de la Segunda República y combatiente contra el franquismo, una de cuyas herencias era, decía, la monarquía de los Borbones. Al Rey, alegaban, no le había votado nadie, por lo que había que reformar la Constitución, elaborada bajo el ruido de sables, para celebrar un referéndum sobre la forma de Estado. Era una manera de recobrar la iniciativa política y la identidad perdida a costa del consenso de la Transición.
Las bases socialistas, trabajadas durante muchos años por la melancolía de una imaginada República de vino y rosas, asumieron con facilidad el discurso de Pérez Tapias, que chocaba con la tradición de González y Alfonso Guerra. Fue Rubalcaba quien supo reconducir el proceso, evitar la ruptura, mantener unido al grupo parlamentario en la votación de la ley de abdicación, y ahogar las voces que apelaban al republicanismo. “Rubalcaba consiguió embridar a algunos potros desbocados de su partido”, escribió entonces Luis María Anson.
La elección de Pedro Sánchez en 2014 pareció buena hasta que su ambición le llevó a pactar con Podemos una “España roja” en ayuntamientos y comunidades, y luego a pactar una investidura, dos años después, con los que ahora han votado su moción de censura. Los que se revolvieron contra él en octubre de 2016 y lo defenestraron, están hoy callados mientras ven cómo el PSOE se va podemizando.
La rendición a Podemos y a los independentistas es cada día más clara. Iglesias actúa como vicepresidente de facto, y los golpistas se crecen aprobando la reprobación del Rey. Saben que el retraso en las elecciones y el choque del Gobierno con el Senado, la Mesa del Congreso o el Tribunal Supremo sirven para ahondar la imagen de época acabada y de crisis profunda. Articulan, además, el discurso del tiempo nuevo, ese que descalifica a cualquiera que represente lo anterior, mostrándolo como contrario al progreso y a una supuesta legitimidad popular que temen someter a las urnas.
Ahora van a por el Rey con la excusa del discurso del 3 de octubre de 2017, aquel en el que en unos minutos puso las cosas en su sitio constitucional. Puesta en cuestión la soberanía nacional con los independentistas y sus cómplices, quieren demoler la otra institución clave. Por esto han querido montar el teatro de una comisión de investigación en el Congreso contra la monarquía, y usan argumentos populistas, como el de que nadie ha votado a Felipe VI, o que hay que eliminar la inviolabilidad del rey. Hasta José Bono, sí, quien gobernó Castilla-La Mancha y fue ministro de Defensa, el “derechista” del PSOE, dijo en La Sexta este 20 de octubre pasado que estas propuestas eran muy razonables
Es preocupante la exaltación republicana en las bases del PSOE y en la de sus aliados parlamentarios, no solo por lo que tiene de ruptura del consenso constitucional, sino por la motivación. Mientras Sánchez solo quiere estar en el poder, Iglesias sueña con tenerlo, que es otra cosa, y los independentistas luchan por romper el régimen para montar su Estado. Una vez más en nuestra Historia nos encontramos con más antimonarquismo de trazo grueso, “justiciero” y “revanchista”, que con un proyecto de República que conserve o ahonde en la democracia liberal. Por algo será.

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