lunes, 14 de noviembre de 2016

El fraude de Naomi Klein

Juan Rallo desmonta el fraude de Naomi Klein acerca de la "doctrina del shock" para reducir cada vez más el tamaño del Estado.

Artículo de El Confidencial:
Foto: La autora y activista de cambio climático Naomi Klein. (EFE)La autora y activista de cambio climático Naomi Klein. (EFE)
Naomi Klein fue entrevistada la semana pasada en el programa ‘Salvados’. Y, cómo no, sus palabras alcanzaron un amplísimo eco entre la audiencia, la cual rápidamente empezó a condenar enfervorizada el capitalismo global.
Probablemente, la teoría más popular de Klein sea la de la ‘doctrina del shock’, a saber, la idea de que los neoliberales conspiran con el fin de aprovechar cualquier crisis —guerras, epidemias, catástrofes naturales, depresión económica, ataques terroristas, etc.— para reducir el tamaño del Estado y acometer privatizaciones masivas. En palabras de Klein, dentro de su libro de homónimo título: Friedman y sus poderosos seguidores perfeccionaron la estrategia: esperar a una crisis importante (estado de 'shock') para vender parcelas del Estado al sector privado y luego lograr rápidamente que las reformas fueran permanentes”. O dicho de otro modo: a golpe de 'shock', el neoliberalismo va aumentando a costa del sector público. Sin embargo, la hipótesis del 'shock' neoliberal que propugna Klein adolece de dos graves problemas: uno empírico y el otro teórico.
El problema empírico es que el tamaño de los estados se halla desde la década de los ochenta en máximos históricos en todo Occidente. Es verdad que desde entonces no ha seguido creciendo a los vertiginosos ritmos anteriores, pero cuando el sector público ya ocupa entre el 40% y el 50% de una economía, parece que no le queda mucho más recorrido al alza (salvo que queramos dar el salto al 'socialismo real', acaso el propósito no confesado de Klein).


En contra de lo que señala la 'intelectual' estadounidense, los diversos 'shocks' que hemos ido sufriendo a lo largo del siglo XX (Primera Guerra Mundial, Gran Depresión, Segunda Guerra Mundial, Guerra Fría, ataques del 11-S o Gran Recesión) han alimentado persistentemente el tamaño del Estado: la Primera Guerra Mundial sentó las bases del moderno Estado de bienestar, con el pretexto de solventar transitoriamente algunos de los problemas derivados de la guerra (y de algunas epidemias de la época, como la gripe española); la Gran Depresión permitió instaurar el New Deal en EEUU (Seguridad Social, vivienda pública, sindicalización de las relaciones laborales, etc.); la Segunda Guerra Mundial y la posterior Guerra Fría facilitaron la implantación del actual Estado de bienestar con la excusa de la reconstrucción posbélica y del miedo al avance del comunismo en Occidente; el 11-S —y toda la amenaza del terrorismo islamista subsiguiente— justificó el espionaje masivo del Estado en prácticamente todos los ámbitos de nuestras vidas, y la Gran Recesión ha amparado el mayor aumento del déficit público en tiempos de paz de toda nuestra historia.
Incluso la propia Naomi Klein apeló a dos gravísimas amenazas en ciernesel cambio climático y la desigualdadpara propugnar un rearme adicional del intervencionismo estatal: nuevas regulaciones, nuevos impuestos, nuevas partidas de gasto. Nótese que no estoy entrando en el debate de si esas amenazas son o no reales o de si deben ser combatidas con más o con menos Estado: únicamente estoy constatando el patrón de que las crisis favorecen la expansión del sector público… al contrario de lo que sostiene la falaz ‘doctrina del shock’ de Klein. La crisis ceba al Leviatán, no al libre mercado.
Y ese es, justamente, el gran agujero teórico de la hipótesis de la doctrina del 'shock'. Las crisis son periodos en los que la ciudadanía busca seguridad aun a costa de renunciar a su libertad, y los estados lo que prometen es precisamente eso: seguridad (frente al terrorismo, frente a los inmigrantes, frente a la pobreza, frente a la enfermedad, frente al analfabetismo…) a cambio de menos libertad (intromisiones, regulaciones e impuestos). Por eso es natural que los periodos de crisis —los 'shocks'— sean etapas durante las cuales el Estado crece a costa de las libertades de los ciudadanos: y por eso es normal que los estados se aprovechen de la psicosis de las crisis para expandirse (consolidando con el tiempo las nuevas cotas de poder alcanzadas en momentos de excepción). Como bien advirtió el primer jefe de gabinete de Obama, Rahm Emanuel, "never let a good crisis to go waste" (nunca desperdicies una buena crisis): y, en efecto, el Estado no ha desperdiciado prácticamente ninguna a lo largo del siglo XX para crecer y crecer.
Lo anterior no quita, claro está, para que podamos hacer 'cherry picking' en la historia de todos los países del mundo y encontrar algunos infrecuentes episodios en los que una crisis contribuyó a reducir el tamaño del Estado en lugar de a incrementarlo. Ese será más bien un caso propio de aquellas crisis que deriven de la pérdida de credibilidad del Estado en los mercados exteriores (crisis monetarias o crisis de deuda pública): en tales supuestos, es verdad, el Estado tiene que adecentar sus cuentas para poder seguir endeudándose con los créditos de los ahorradores internacionales (a los cuales, vaya por dónde, todavía no puede atracar con su sistema impositivo). Pero tales periodos de disciplina fiscal para lograr que te sigan prestando no constriñen durante mucho tiempo el crecimiento del Estado: tan solo lo frenan algunos años hasta que vuelve a desatarse.
En suma, la doctrina del 'shock' de Naomi Klein es un puro fraude intelectual. Los estados no se achican con las crisis, sino más bien al contrario: las emplean para recortar libertades civiles y económicas, so pretexto de aumentar la seguridad de los ciudadanos. De hecho, a la hora de la verdad, lo único que busca Klein es asustarnos con su 'shock-paranoia' de una conspiración neoliberal global: es con ese miedo con el que busca justificar nuevos incrementos del Estado. Pura propaganda para feligreses.

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