jueves, 3 de noviembre de 2016

El mito de la democracia directa

J.M. Blanco analiza el mito de la democracia directa, cuyos riesgos son enormes, ya no digamos en un país como España. 
Artículo de Voz Pópuli:
Pablo Iglesias en un acto de la campaña electoral de 2015.

Pablo Iglesias en un acto de la campaña electoral de 2015. EFE


Esa arraigada creencia, tan repetida en las últimas décadas por el poder y los medios, de que la democracia consiste tan sólo en votar, en aplicar la regla de la mayoría, ha causado confusión, desconcierto, no pocos problemas a la ciudadanía... pero muchas ventajas a los partidos políticos y a esos grupos que medran a la sombra del poder. Y ha favorecido ese discurso populista que sostiene que la democracia puede ampliarse, estirarse como una goma. Si hacemos caso a Pablo Iglesias, bastaría dar la palabra al pueblo, multiplicar el número de votaciones, extender el sufragio a cualquier ámbito de la sociedad, someter cualquier decisión del gobierno a la aceptación o rechazo de la ciudadanía.
Pero tal argumento es erróneo, cuando no malintencionado, pues la democracia moderna no se basa sólo en el voto. Existen otros elementos cruciales, desgraciadamente ausentes o ineficaces en el sistema político español: los límites a la acción de los gobernantes, la existencia de controles y contrapesos, el imperio de la ley. La democracia se fundamenta en esas líneas rojas que protegen a los ciudadanos de la tiranía, que evitan la excesiva concentración del poder. El voto es importante, pero no deja de ser un mecanismo de control último, bastante indirecto y dilatado en el tiempo. La democracia no mejoraría multiplicando las votaciones, planteando un referéndum para cada decisión del gobierno. Podría incluso empeorar pues el voto no es la panacea sino un recurso con fracturas y debilidades, un elemento que debe utilizarse inteligentemente y, como el mejor traje, reservarse para ocasiones especiales.
En Social Choice and Individual Values (1951) Kenneth Arrow demostró que no existe ningún sistema de elección colectiva que garantice criterios mínimos de racionalidad, esto es, no pueden agregarse las preferencias individuales asegurando siempre un resultado coherente. Es lo que se conoce como el Teorema de imposibilidad de Arrow. Y no se trata de un mero divertimento académico: posee importantes implicaciones prácticas. No hay sistema de elección perfecto; las votaciones pueden ser manipulables por quienes deciden las opciones sobre las que votar, el orden, la forma etc. Quienes dirigen una asamblea, por ejemplo, disponen de muchas vías para arrimar el ascua a su sardina, simplemente fijando la agenda, las alternativas, el mecanismo de voto etc. De ahí la falacia de la democracia asamblearia. Ello incluso aceptando que los individuos posean preferencias bien definidas, esto es, sin considerar el efecto de la propaganda, o de la conducta de otros, sobre sus criterios.

El referéndum, un arma de doble filo

En contra de la intuición primaria, someter cualquier decisión gubernamental a referéndum no mejoraría necesariamente la democracia. Probablemente empeoraría la política, conduciendo a notables incoherencias. La gente votaría a favor de bajar los impuestos, por supuesto, pero también de aumentar ayudas, subsidios, pensiones, etc. Dos decisiones, muy democráticas y, sin embargo, incompatibles. ¿Quién es el guapo capaz de cuadrar un gasto público creciente con unos impuestos menguantes?
Esta expansión del voto tendería a incrementar el predominio de los grupos de presión, de aquellos más pudientes y mejor organizados. Podrían aprobarse en referéndum propuestas que conceden ventajas y privilegios a colectivos con influencia, esos que esconden sus intereses corporativos tras un lenguaje victimista, o aparentemente altruista, y dedican buenos recursos a difundir tal mensaje. Aunque estos beneficios se obtengan a expensas del resto de la población, el votante común percibe el perjuicio como insignificante pues los costes se reparten entre muchísima gente.
Para superar estas dificultades, la democracia moderna, la de los grandes Estados, se apartó del modelo de la Polis Griega; dejó de ser directa para convertirse en representativa. Los gobernantes pueden actuar con cierta autonomía, tomar decisiones sin el refrendo directo de la ciudadanía, eso sí, dentro de los límites que imponen los controles. El ciudadano no elige entre medidas concretas sino entre paquetes de ellas, o programas, que deben poseer cierta coherencia interna. El problema en España no es sólo que los controles no funcionen correctamente; también que los programas, o las líneas de actuación, carecen de suficiente coherencia, al menos en el largo plazo. Muchos, y no sólo los populistas, pretenden gobernar como si lloviese maná, como si la tarta fuera infinita. Olvidan que para repartir... antes hay que producir.
El referéndum constituye un instrumento útil... pero peligroso si no se utiliza adecuadamente. Es un arma muy potente que, en ocasiones, estalla en la cara o dispara por la culata. Debe usarse excepcionalmente, para decisiones fundamentales, fomentando siempre un debate público racional, una contraposición razonada de pros y contras. Si desemboca en un choque de fanáticos, en una olla a presión que cuece emociones e impulsos primarios, en una barahúnda de gritos y acusaciones mutuas, el referéndum traerá muchos más perjuicios que beneficios. Y resultará inútil si deriva hacia otras cuestiones distintas de la que se plantea. Es demasiado común que se convierta en un plebiscito de apoyo o rechazo al gobierno; o que mucha gente lo aproveche como mera válvula para mostrar su disconformidad con otras medidas.

Ni puñetera idea sobre qué... pero vota sí

Atendiendo a estos parámetros, los referendos han sido un desastre en España. El de la Constitución de 1978 no abrió debate alguno, tan sólo planteó una disyuntiva entre dictadura y democracia, obviando los notables defectos de la Carta Magna, como el desmesurado poder que otorgaba a los partidos y, sobre todo, el disparatado proceso autonómico, un modelo completamente abierto, amorfo, sin rumbo preciso, al albur de apaños y componendas, en beneficio de las oligarquías locales. Tampoco estuvo acertado el de 1986 sobre la permanencia o salida de España de la OTAN, que careció de discusión de pros y contras pues Felipe González, muy hábilmente, logró convertirlo en un plebiscito sobre su persona.
Pero el esperpento se materializó en el referéndum de ratificación de la Constitución Europea en 2006, cuando los dos cantantes contratados por José Luis Rodríguez Zapatero para promover el voto afirmativo reconocieron públicamente no tener ni puñetera idea sobre tal Constitución. Claro que... no se trataba de debatir el contenido o las implicaciones, tan sólo de "ser los más europeístas", los primeros en aprobarla, una majadería que quedaría en evidencia meses después, cuando otros países la rechazaron por goleada.
Desgraciadamente algunos dirigentes sin escrúpulos conocen demasiado bien las fracturas señaladas por Arrow, esas que permiten manipular ciertas votaciones, conducir los deseos de las gentes hacia sus propios intereses. Olvidamos con demasiada frecuencia que la democracia consiste principalmente en fraccionar el poder, en dividirlo, animando a que se vigile, controle y limite a sí mismo. Y que el voto es un instrumento muy útil... pero sólo en las sociedades que saben bien dónde, cuándo y cómo usarlo.

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