miércoles, 9 de noviembre de 2016

Donald Trump: populismo, sí pero no

Javier Benegas analiza la cuestión de los debates políticos, la transmisión de ideas, la política basura y el populismo rampante y la simplificación de los análisis que se realizan.
Artículo de Voz Pópuli: 
El candidato republicano a la Presidencia de EE.UU., Donald Trump.


El candidato republicano a la Presidencia de EE.UU., Donald Trump. EFE


Cualquier sabe que si has de transmitir una idea y propagarla, lo primero que debes hacer es simplificarla. Si lo consigues, tiene media batalla ganada. En una sociedad como la actual, donde muy pocos leen y menos aún dedican su tiempo a analizar ideas complejas, donde la mayoría rechaza el pensamiento profundo y prefiere ver la televisión para que sean otros quienes piensen por ellos, o simplificas el mensaje o estás perdido. Es difícil imaginar hoy en un plató a un tertuliano esforzándose por elaborar una idea que difícilmente pueda codificarse en dos o tres frases de muy pocas palabras que cualquiera pueda repetir como un loro. El pensamiento lateral, que huye de los supuestos previamente establecidos, que pone en cuarentena los planteamientos de unos y otros, no desde la equidistancia sino desde el sano escepticismo, no tiene cabida en los mass media.
La política basura o 'Mac Política'
Los productores de los programas quieren espectáculo, agitación, enfrentamientos burdos pero efectistas, no debates inteligentes sino peleas barriobajeras con sentencias mostrencas que emergen desde la entraña, no desde el razonamiento. Y lo prefieren así por dos razones. La primera, obviamente, porque la audiencia manda. Y siempre es más viral una discusión subida de tono, donde se destilen los peores instintos, que un debate reposado para cuyo seguimiento es imprescindible esforzarse. Es más fácil hacer titulares sensacionales o generar tuits de 140 caracteres si los momentos estelares de un debate están marcados por la polémica y la polarización, si abundan las aparatosas sentencias, los disparates y las descalificaciones.
Pero la segunda razón es menos evidente. Los magnates de los grandes medios de información, que dependen del Poder para obtener licencias o conservar y ampliar sus mercados, es decir, para hacer negocio, prefieren debates tan aparatosos como inocuos, porque entran dentro de lo tácitamente permitido. Por eso sus programas de debate son efectistas pero intelectualmente nulos. Y es que, por más que pueda parecer lo contrario, no resultan peligrosos, excepto, claro está, para las higiene mental de los espectadores. Además, da igual quien parezca llevarse el gato al agua. La audiencia difícilmente cambiará de equipo, porque lo que se confronta no son razones sino creencias.
Por más que resulten aparatosos, o parezcan mover a la sublevación, en realidad son puro entretenimiento. Una vez llega a su fin la emisión del espacio, los exabruptos, los aparentes excesos se canalizan en las redes sociales –que son como barras de bar virtuales–, donde lo que puede parecer subversivo, incluso incendiario, tiene una vida muy corta. Y es que, según los espectadores apagan la televisión y vuelven a sus quehaceres, si acaso moverán un dedo para hacer clic y rebotar las mismas consignas enlatadas en las redes sociales, ayudados, claro está, por las marcas personales que más seguidores tienen, que hoy suelen pertenecer a los mismos personajes que ha ganado notoriedad gracias a los mass media o que son… los propios mass media.
En realidad, la trifulca gira en torno a consignas que, en lo esencial, no han variado durante décadas, como tampoco ha variado sustancialmente el reparto de fuerzas entre quienes defienden una cosa o la contraria. La televisión provoca una sensación óptica: parece que todo se agita, pero en realidad nada se mueve. Todo es muy aparatoso, y que no falte el recurrente “Fulano incendia las redes” diciendo esto o lo otro, pero ni una sola idea nueva, ningún virus que pueda propagarse y socavar las viejas creencias repartidas equitativamente entre dos bandos que, más que pugnar entre sí, se apuntalan mutuamente. En definitiva, lo que en la televisión llaman debates políticos no son más que fuegos artificiales; resultan ruidosos, en ocasiones estridentes, sí… pero en realidad son fogonazos cuyas deslumbrantes luces se neutralizan mutuamente, dejando a los espectadores ciegos, incapacitados para ver lo que hay en la penumbra.

El populismo rampante engendra 'contrapopulismo' rampante

Este “simplifica que algo queda”, pese a ser más elemental que el mecanismo del asa de un cubo, es extraordinariamente efectivo. La simplificación y la polarización del pensamiento –lo que da lugar al no-pensamiento– es el mecanismo más eficaz que se conoce para anular las mentes y atrapar a las sociedades en un bucle infinito sin que las personas se percaten.
Lo peor, con todo, es que esta simplificación, con su reducción al absurdo, termina arrastrando a los que están mucho mejor informados que el espectador medio, a esa intelectualidad que se supone más instruida. Para comprobarlo, basta con observar cómo muchas personas que se suponen inteligentes, han reducido el fenómeno Trump al simple populismo, confundiendo la calculada simplicidad del falso predicador con la complejidad de los problemas de fondo que usa como palanca. Siguen sin comprender que Trump no es el problema, sólo una amenaza a corto plazo.
Así, lo de menos es si al final se consuma el triunfo de un determinado candidato. Porque, en este caso, el refranero popular no se aplica: muerto el perro, la rabia no desaparece. El peligro no es el perro, por más que suelte espumarajos por la boca y enseñe los colmillos. Tampoco la globalización ni el cambio tecnológico, al menos no en la medida en que se pretende, pues ambos fenómenos no son nuevos sino que llevan mucho tiempo entre nosotros. El problema está en la evolución de la política, y más concretamente en la instauración de la falsa idea de que es posible controlar el mundo si se delega el poder suficiente y, sobre todo, dinero bastante. Ocurre que la gente está descubriendo que era mentira. Que, con su voto, han contribuido a generar una industria que ha velado por sus propios intereses, a la que el bienestar de la comunidad ha importado muy poco, pero que, sin embargo, ha señalado con el dedo y puesto en la picota a demasiados, mediante esa falsa moral que es “lo políticamente correcto”.
Tacita a tacita, crisis a crisis, burbuja a burbuja, guerra a guerra, hoy en EEUU el cabreo es enorme. Tanto que muchos electores parecen estar dispuestos a usar a Trump, como usarían a cualquier otro outsider, para darle una patada en el trasero al establishment, aunque al hacerlo se la den en el suyo propio. El error es pues interpretar fenómenos complejos de forma simple, sencilla, interesada, exactamente igual que hace Trump para sacar votos del descontento, pero en este caso para combatirle. En definitiva, el error es simplificar lo que sucede y polarizar a la opinión pública como en los falsos debates televisivos, que en vez de discutir ideas, reproducen muecas, gritos, consignas y… ataques de histeria. Así lo único que se consigue es degradar a la sociedad para que los Trump de este mundo hagan campaña.

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