martes, 15 de noviembre de 2016

Donald Trump y la vuelta de Apple a Estados Unidos

Juan Morillo analiza la pésima noticia (de cumplirse, que es dudoso) y todos los motivos, de la amenaza de Trump a Apple para que traiga la producción a EEUU o imponer aranceles a la importación del 35%. 


Una de las propuestas e iniciativas que el nuevo presidente de EE. UU. ha mantenido a lo largo de toda la campaña electoral es la de obligar a Apple a hacer sus dispositivos y productos en el país mediante la imposición de altos aranceles que podrían llegar al 35%. No puedo predecir lo que hará Trump ya que no soy adivino. Además, tratándose de un político, todavía es más complejo prever que hará, ya que puede cambiar sus propuestas de un día para otro. Lo que sí que podemos afirmar como economistas es que, de ser verdad, no sería una buena noticia.
Para empezar, la empresa Apple pertenece a los accionistas de Apple, no al gobierno estadounidense. Estos accionistas deben decidir libremente lo que hacen con sus activos. Nadie debe estar obligado a realocar sus activos en ningún país en concreto. Sencillamente es su propiedad privada. Lo lógico, evidentemente, es que tomen las decisiones estratégicas que mejor ayuden al éxito del negocio, es decir, a la satisfacción de los consumidores.
Y este es un punto clave, ya que con aranceles del 35% los consumidores estadounidenses carecerían de productos Apple.
Si a los actuales precios tenemos que sumar un impuesto del 35% más todos los costes de transporte, la demanda se cae. Simplemente, una gran parte de los consumidores no los adquirirían. Para algunos consumidores el precio sería inasequible y para otros consumidores los beneficios esperados no compensarían los costes.
EE. UU. se quedaría sin un producto complejo y completo que satisface numerosísimas necesidades tanto básicas como sociales e individuales. Se quedaría sin un bien de capital que aumenta la productividad de sus habitantes. Si esto ocurriera de forma generalizada con otros productos, la sociedad se empobrecería en su conjunto.
Por otro lado, la posibilidad que Apple produzca enteramente sus dispositivos en EE. UU. es pura ciencia ficción económica y no lo veremos jamás. El motivo es económicamente sencillo y se debe a dos factores.
El primero es un tema de costes. Los costes de los factores de producción (tierra, trabajo y capital) en EE. UU. es altísimo comparado con otros lugares del planeta. Uno de los mayores costes que tiene una empresa, por no decir el principal en la mayoría de ellas, son los costes salariales. Los costes salariales son costes fijos que forman parte del coste final del producto. Las partes que componen los costes salariales son básicamente el salario neto que percibe el trabajador más la seguridad social del trabajador, los impuestos sobre la renta de las personas física y la seguridad social de la empresa. Pues bien, cada uno de estos conceptos son muy elevados en EE. UU. comparados a otros países como China o Taiwan. El salario medio en otros países puede ser de más de 10 veces inferior al de EE. UU. en términos nominales.
Por lo tanto, de fabricarse los productos Apple en EE. UU. su coste y precio sería estratosférico, haciendo el modelo de negocio inviable. Nadie en el mundo podría tener productos Apple. Además de enviar a todos sus trabajadores al paro.
El segundo factor es que la producción de los productos Apple es muy compleja involucra centenares de procesos y miles de trabajadores (más de 60.000, 43.000 en EE.UU. y 20.000 en el resto de mundo).  Motivo por el cual no pueden elaborarse los productos enteramente en un solo país.
No hay ningún país que disponga ni pueda desarrollar todas las materias primas y conocimiento que necesita. Los países, igual que las personas, necesitamos comerciar y cooperar para obtener lo que necesitamos, todo ello especializándonos en lo que tenemos ventaja comparativa. EE.UU. no dispone de los cientos de materiales que componen un producto tan complejo como un iPhone, y tampoco dispone de todos los operarios, diseñadores, ingenieros, economistas, y demás profesionales para producir los dispositivos.
De hecho, el New York Times explicaba que los ejecutivos de Apple estimaron que 8.700 ingenieros industriales eran necesarios para supervisar y guiar la línea de montaje de 200.000 empleados dedicados a la manufacturación de iPhones. Los analistas de la compañía estimaron que serían necesarios nueve meses para obtener esa cantidad de ingenieros cualificados en Estados Unidos. En China tardaron sólo 15 días.
En este sentido, que podamos disponer de productos como un smartphone es un milagro que algunas empresas han hecho posible gracias a la optimización perfecta de todas las partes de su modelo de negocio y gracias al entorno globalizado actual. Y esto implica entender que las empresas no tienen “nacionalidad” hoy en día. Las empresas son globales y en la elaboración de sus productos participan miles de personas localizadas en múltiples países.
En cualquier caso, sí existe una fácil y clara manera de que Apple “vuelva” a EE. UU: hacer un escenario en el que invertir en EE. UU sea atractivo, rentable y conveniente. Si Trump disminuyera los costes salariales (seguridad social e IRPF) y el impuesto de sociedades lo suficiente, probablemente Apple se plantearía sin problemas trasladar parte de su producción a EE. UU. e incluso establecer la empresa allí en vez de Irlanda.
Esta sería la única manera lógica de que todos salieran ganando: Apple vería sus costes reducidos y la posibilidad de establecerse en EE. UU. sería viable; los ciudadanos verían como se crean miles de puestos de trabajo, pueden disponer que productos que mejoran su bienestar y se disminuyen los impuestos; y el Estado recaudaría mucho más de lo que está recaudando ahora y, a su vez, disminuiría el gasto destinado a ayudas sociales por desempleo.

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