sábado, 17 de octubre de 2015

El cuento de los impuestos verdes o cómo seguir viviendo a costa de la OPEP

Daniel Lacalle analiza el cuento de los impuestos verdes, que no es otra cosa que afan recaudatorio (de todo lo que se mueve) por parte de los político con una etiqueta que le haga al ciudadano aceptarlo sin tanta queja o resistencia, mostrando con ejemplos la nula realidad de este hecho y el despropósito que se lleva a cabo en Europa en política energética. 

Artículo de El Confidencial: 
Foto: Protesta en contra de la política de impuestos sobre el carbono en Newcastle. (EFE)
Government's view of the economy could be summed up in a few short phrases: If it moves, tax it. If it keeps moving, regulate it. And if it stops moving, subsidize it” Ronald Reagan
Ya saben ustedes, si a un impuesto, por duplicado o injusto que sea, le añadimos el calificativo de 'verde' o 'social', parece que nos lo tenemos que tragar.
No cabe duda de que los gobiernos de los países consumidores son adictos a los impuestos sobre el petróleo, y que sus políticas no van encaminadas a reducir el consumo ni a cambiar el patrón, ya que no son finalistas, sino que pretenden recaudar de donde sea. La Unión Europea capta unos 250 000 millones de euros en impuestos sobre la gasolina y el diésel, con porcentajes impositivos que oscilan entre el 40 y el 65%. Reducir el consumo no es el objetivo, sino beneficiarse del mismo.
¿Creemos realmente que la sustitución o el cambio de modelo energético va a venir de estos impuestos?
La Unión Europea introdujo el mercado de derechos de CO2 y no solo ha reducido sus emisiones de CO2 menos que EEUU desde 2010, como comentábamos aquí, sino que el coste de ese esfuerzo reduce la competitividad de empresas y es un palo en las ruedas del crecimiento, sin lograr los objetivos propuestos en cuanto a emisiones.
La Unión Europea recauda casi el 2,5% del PIB de sus 27 países en “impuestos medioambientales”, que no se destinan a sufragar las subvenciones a las energías renovables o invertir en tecnología menos emisora, sino a un fin meramente recaudatorio. Eliminando esa factura se podrían rebajar en mucho los costes a las empresas y mejorar la competitividad. Si se hiciese algo enfocado a promocionar las renovables, aparte de recaudar, con ese dinero, Europa sería ya el jardín del Edén verde. Pero ese no es el objetivo. El objetivo es seguir viviendo de la OPEP y de las tecnologías fósiles y, a la vez, hacerle a usted pagar por las primas a renovables vía la factura eléctrica, que ya está agotada.  

Tras siete años de enormes subvenciones, la solución que se le ocurre a alguno no es mejorar la competitividad sino hacer más cara al consumidor la energía añadiendo más impuestos. No se hacen más eficientes las tecnologías caras, sino que se encarece al resto para compensar. Lo paga usted.
Por ejemplo, el informe Lagares de febrero de 2015 propone “mejorar la eficiencia y la sostenibilidad medioambiental del marco fiscal”. El núcleo principal de la reforma que proponen se fundamenta “necesariamente” en una modificación profunda de la fiscalidad sobre la energía, que fije “las bases imponibles a partir de las emisiones de CO2 y del contenido energético de los correspondientes productos (petróleo, gas, otros), garantizándose así la neutralidad del sistema fiscal en la elección por los consumidores de las distintas fuentes energéticas”.
El objetivo sería gravar a todas las energías en razón a sus emisiones. ¿Cuál sería el destino de esos impuestos? ¿Engordar al Estado? Lo lógico sería destinar el esfuerzo a una mejor acción por el clima, financiando las renovables y bajando la tarifa. Pero no se hace ni se va a hacer.
Porque se ha demostrado que los estados, al beneficiarse de esas emisiones, las perpetúan. Y como son deficitarios, no se usa ese impuesto para eliminar el impacto de las subvenciones renovables en la factura del consumidor. No, hombre, si es el precio de un café. Solo aumentan el ingreso a costa del consumidor, que paga -sin saberlo- impuestos y costes regulados en más del 65% de su factura.
El consumidor, así, paga el impuesto 'verde', el coste de emisiones, las primas 'verdes' en su factura eléctrica, el bono 'social', y los intereses del agujero que se deja porque no consume toda la capacidad que generosamente se ha puesto a su disposición y que dicho consumidor, malvado él, no usa.
Mientras, en EEUU y el resto del mundo ven cómo la Unión Europea, que provoca menos del 15% de las emisiones de CO2 del mundo, soporta a la vez el 100% del coste mundial y además paga decenas de miles de millones anuales en subvenciones a renovables, a carbón, etc.
Que la energía es hasta el 33% del coste para las empresas, que la Unión Europea duplique a EEUU en precios de la electricidad y el gas, nos es indiferente. No importa el coste cuando lo decide un comité. Necesitamos una política energética competitiva, no un mar de impuestos que paga siempre usted. Ya lo comentamos aquí.
Luego nos rascamos la cabeza y nos preguntamos por qué los planes de estímulo del BCE no funcionan, por qué seguimos con crecimientos pedestres y las empresas se deslocalizan. Habrá que poner otro impuesto verde. Seguro que funciona.

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