lunes, 12 de octubre de 2015

La amenaza del igualitarismo

Llewellyn Rockwell analiza la amenaza del igualitarismo, donde viene bien recordar la cita de Montalembert “No puede imaginarse igualdad sin tiranía”.


Artículo de Mises Hispano:

The Menace of Egalitarianism

[Este discurso se dio en el Círculo Mises de Dallas-Ft. Worth, “Against PC” el 3 de octubre de 2015]

Un marciano inteligente visitando la Tierra haría dos observaciones sobre Estados Unidos, una verdadera, la otra solo superficialmente. Basándose en sus incesantes ejercicios de autofelicitación, EEUU le parece un lugar en el que se anima el libre pensamiento y en el que el hombre hace la guerra contra todas las trabas en su mente que las fuerzas reaccionarias han puesto ahí. Es la verdad superficial.

La verdad real, que nuestro marciano descubriría después de ver cómo se comportan realmente los estadounidenses, es que el rango de opiniones que pueden tener los ciudadanos es bastante menos amplio de lo que parece a primera vista. Hay, descubrirá pronto, ciertas ideas y posturas que se suponen que creen y elogian todos los estadounidenses. Cerca de lo alto de la lista está la igualdad, una idea de la que nunca se nos da una definición precisa, pero ante la que todos se espera que se arrodillen.

Un libertario está perfectamente cómodo con el fenómeno universal de la diferencia humana. No desea que desaparezca, no sacude su puño contra él, no pretende no advertirlo. Le permite otra oportunidad para maravillarse ante el milagro del mercado: su capacidad de incorporar a casi todos en la división de trabajo.

De hecho la división del trabajo se basa en las diferencias humanas. Cada uno encuentra ese nicho que se ajusta mejor a su talento y al especializarse en eso en particular, podemos servir más eficazmente a nuestros congéneres. Igualmente, nuestro congénere, se especializa en lo que se le da mejor y nosotros a nuestra vez beneficiarnos de los frutos de sus conocimientos y habilidades especializadas.

Y según la ley de la ventaja comparativa de Ricardo, que Mises generalizó en su ley de la asociación, incluso si una persona fuera mejor que otra en absolutamente todo, la persona menos capaz puede seguir prosperando en un mercado libre. Por ejemplo, incluso si el empresario de mayor éxito que se pueda pensar fuera mejor limpiador de oficinas que cualquier otro en el pueblo y fuera igualmente mejor secretario que todos los secretarios del pueblo, no tendría sentado que limpiara su propia oficina o escribiera su propia correspondencia. Su tiempo se emplea tanto mejor en el nicho de mercado en el que destaca que sería absurdo que desperdiciara su tiempo en estas cosas. De hecho, cualquiera que quisiera contratarle como limpiador de oficina tendría que pagarle millones de dólares para compensarle por abandonar el trabajo extremadamente remunerativo que estaría realizando en otro caso. Así que incluso un limpiador medio es mucho más competitivo en el mercado de limpieza de oficinas que nuestro empresario ficticio, ya que el limpiador medio podría cobrar, por ejemplo, 15$ por hora, en lugar de los 15.000$ que tendría que cobrar nuestro empresario, consciente del coste de oportunidad.

Así que hay un lugar para todos en la economía de mercado. Y lo que es más, como la economía de mercado recompensa a los que son capaces de producir bienes a precios asequibles para un mercado masivo, es precisamente la persona media a la que los capitanes del sector están obligados a atender. Es una situación a celebrar, no a deplorar.

Por supuesto, no es así como lo ven los igualitaristas y aquí acudo a la obra del gran anti-igualitarista, Murray N. Rothbard. Murray trataba el tema de la desigualdad en parte en su gran ensayo “Libertad, desigualdad, primitivismo y división del trabajo”, pero realmente entre de lleno en él en “Egalitarianism as a Revolt Against Nature”, que da título a su maravilloso libro. Es en Rothbard en quien se inspiran mis comentarios hoy.

La devoción actual por la desigualdad no es de origen antiguo, como señala Murray:
La actual veneración de la igualdad es, en realidad una noción muy reciente en la historia del pensamiento humano. Entre filósofos o pensadores eminentes, apenas existía la idea antes del siglo XIX; si se mencionaba era solo objeto de horror o ridículo. La naturaleza profundamente antihumana y violentamente coactiva del igualitarismo quedó clara en el influyente mito clásico de Procusto, que “obligaba a los viajeros que pasaban a tumbarse en una cama y si eran demasiado largos para la cama cortaba aquellas partes del cuerpo que sobresalían, mientras que estiraba las piernas de los que eran demasiado bajos”.
¿Qué tenemos que entender por la palabra igualdad? La respuesta que realmente no lo sabemos. Sus defensores hacen muy pocos esfuerzos por descubrirnos lo que tienen en mente. Todo lo que sabemos es que es mejor que creamos en ella.

Es precisamente esa falta de claridad la que hace la idea de igualdad tan ventajosa para el estado. Nadie está completamente seguro de a qué le obliga el principio de igualdad. Y seguir sus demandas siempre cambiantes es todavía más difícil. Lo que ayer eran dos cosas evidentemente distintas se convierten hoy en exactamente iguales y es mejor que creas que son iguales si no quieres que se destruya tu reputación y se arruine tu carrera.

Ese fue el núcleo de la famosa disputa entre el neoconservador Harry Jaffa y el paleoconservador M.E. Bradford, llevada a cabo en las páginas de Modern Age en la década de 1970. La igualdad es un concepto que no puede mantenerse ni se mantendrá limitado o rebajado. Bradford trataba en vano hacer entender a Jaffa que la Igualdad con I mayúscula es una receta para la revolución permanente.
¿Quieren los igualitarista decir que tenemos que aceptar la proposición de que cualquiera es potencialmente un astrofísico, mientras se haya criado en un entorno apropiado? Quizá, quizá no. Algunos sin duda sí creen sin embargo en eso. En 1930, la Encyclopaedia of the Social Sciences afirmaba que “al nacer, los niños humanos, independientemente de su herencia, son tan iguales como los Ford”. Ludwig von Mises, por el contrario, sostenía que “no puede discutirse el hecho de que los hombres nazcan desiguales en relación con sus capacidades físicas y mentales. Algunos sobrepasan a sus congéneres en salud y vigor, en inteligencia y aptitudes, en energía y resolución y por tanto están mejor dotados para los asuntos terrenales que el resto de la humanidad”. ¿Cometió aquí Mises un delito de odio, bajo los patrones de los igualitaristas? Tampoco lo sabemos realmente.

Luego está la “igualdad de oportunidades”, pero incluso este lema conservador común está cargado de problemas. La respuesta evidente es que para tener verdadera igualdad de oportunidades, es necesaria una extensa intervención pública. ¿Pues cómo puede alguien en una familia pobre con padres indiferentes decir seriamente que tiene “igualdad de oportunidades” con los hijos de padres ricos que están profundamente dedicados en su vida?

Y luego está igualdad en sentido cultural, en la que se espera que todos ratifiquen las decisiones personales de todos los demás. Los igualitaristas culturales, por supuesto, no quieren realmente decir eso: ninguno reclama  a quienes les disgustan los cristianos sentarse y estudiar teología escolástica para entenderles mejor. Y aquí descubrimos algo importante acerca de todo el programa igualitarista: no se trata realmente de igualdad. Se trata de alguna gente ejerciendo el poder sobre otra.

En la Universidad de Tennessee este otoño, la Oficina de Diversidad e Inclusión explicaba que las pronunciaciones tradicionales en inglés, al ser opresivas para la gente que no se identificara con el género que les “asignó al nacer”, tendrían que reemplazarse por algo nuevo.  La oficina de diversidad, recomienda, como sustitutivos de “she, her, hers” y “he, him, his” lo siguiente: “ze, hir, hirs; ze, zir zirs” y “xe, xem, xyr”. Cuando se conoce gente por primera vez, se dijo a los estudiantes, deberíamos decir algo así como “Encantado de conocerte. ¿Qué pronombres usas?”

Cunado todo el mundo estalló en risas ante esta propuesta, la universidad se apresuró a asegurar a todos que eran solo sugerencias. Por supuesto, lo que eran sugerencias eran los pensamientos que se espera que tengan todos los biempensantes acerca de cuestiones morales que han sido decididas en nuestro nombre por nuestros medios de comunicación y clases políticas.

Otro aspecto de la igualdad que ha estado en las noticias en años recientes es, por supuesto, la desigualdad de rentas. Se nos dice lo terrible que es que algunas personas deban tener tanto más que los otros, pero raramente se nos dice, si es que lo hacen alguna vez, cuánta riqueza extra (si hay alguna) permitiría la sociedad igualitaria para los que más tengan o la base arbitraria sobre la que pueda plantearse ese juicio.

John Rawls fue posiblemente el filósofo político más influyente del siglo XX y propuso una famosa defensa del igualitarismo en su libro Una teoría de la justicia, que intentaba responder a esta pregunta (entre otras). Si puede resumirse en breve su argumentación, afirmaba que tenemos que elegir una sociedad igualitaria si, al contemplar las reglas de la sociedad en que querríamos vivir, no tuviéramos ninguna idea de cuál sería nuestro puesto en esa sociedad. Si no supiéramos si íbamos a ser hombres o mujeres, ricos o pobres o tener o no talento, cubriríamos nuestras apuestas defendiendo una sociedad en la que todos fueran tan iguales como fuera posible. De esa forma, si fuéramos desafortunados y entráramos en un mundo sin talentos o siendo miembros de una minoría oprimida o estando afectados por cualquier otra desventaja, aun así podríamos asegurarnos una existencia confortable, si no lujosa.

Rawls estaba dispuesto a permitir cierto grado de desigualdad, pero solo si su efecto era ayudar a los pobres. En otras palabras, a los doctores se les permitiría ganar más dinero que a otra gente, si ese incentivo financiero hiciera más probable que se convirtieran en doctores desde el principio. Si se igualaran las rentas, sería menos probable que la gente se preocupara por ser doctores y los pobres se verían privados de atención médica. Así que debería permitirse la desigualdad, pero solo por motivos igualitarios, no porque la gente tenga el derecho a adquirir y disfrutar de su propiedad sin miedo a la expropiación.

Como nadie en sus cabales acepta un igualitarismo total, Rawls se ve obligado a meterse en problemas. El problema viene en forma de sus intentos de tratar la desigualdad entre países. Ni siquiera el igualitarista más convencido que viva en el Primer Mundo está seriamente a favor de una igualación de riqueza entre países. Los catedráticos de universidad que enseñan la superioridad moral del igualitarismo por el día, quieren sus fiestas de vino y queso por la noche.

Así que Rawls aporta una argumentación forzada y poco convincente de que aunque la desigualdad entre personas era indignante y podía justificarse solo sobre la base de si ayudaba a los pobres, la desigualdad entre países estaba bien. Luego procedía a dar razones por la que las desigualdades entre países estaban bien, aunque estas eran exactamente las mismas por las que había dicho que la desigualdad entre individuos era inaceptable.

Incluso aunque pueda defenderse filosóficamente el igualitarismo, tiene poco sentido implantarlo en el mundo real. Una sencilla razón por la que el sueño igualitario no puede llevarse a cabo es lo que Robert Nozick llamaba el problema Wilt Chamberlain; James Otteson ha llamado a algo similar el “problema del día dos”. En los buenos tiempos de Chamberlain, todos disfrutaban viéndole jugar al baloncesto. La gente pagaba encantada para verle jugar. Pero supongamos que empezamos con una distribución igual de riqueza y luego todos acuden a ver a Chamberlain jugando al baloncesto. Muchos miles de personas entregarán voluntariamente una porción de su dinero a Chamberlain, que ahora se convierte en más rico que todos los demás.

En otras palabras, el patrón de distribución de riqueza se ve perturbado tan pronto como alguien realice algún intercambio. ¿Vamos a anular los resultados de estos intercambios y devolver el dinero de todos a los propietarios originales? ¿Hay que privar a Chamberlain del dinero que la gente elige libremente entregarle a cambio de la diversión que produjo?

Pero la razón por la que el estado mantiene la igualdad como un ideal moral es que es inalcanzable. Podemos luchar por ella, pero no podemos alcanzarla nunca. ¿Qué ideología podría ser mejor, desde el punto de vista del estado? El estado puede presentarse como el agente indispensable de justicia, al mismo tiempo que recaba para sí cada vez más poder y recursos (sobre educación, empleo, redistribución de riqueza y prácticamente cualquier área de la vida social que podáis nombrar) mientras se sigue el inalcanzable programa igualitario. “No puede imaginarse igualdad sin tiranía”, decía Montalembert. No era, decía, “sino la canonización de la envidia, nunca fue sino una máscara que no podía hacerse realidad sin la abolición de todo mérito y virtud”.

En el curso del trabajo hacia la igualdad, el estado expande su poder a costa de otras formas de asociación humana, incluyendo la propia familia. La familia ha sido siempre el obstáculo principal para el programa igualitario. El mismo hecho de que los padres difieran en conocimiento, niveles de capacidad y devoción por sus retoños significa que los niños de dos familias no pueden nunca ser criados “por igual”.

Robert Nisbet, el sociólogo de la Universidad de Columbia, se preguntaba abiertamente si Rawls sería lo suficiente honrado como para admitir que su sistema, si se lleva a su conclusión lógica, tendría que llevar a la abolición de la familia. “Siempre he considerado al trato a la familia como un excelente indicador del grado de fervor y autoritarismo, abierto o latente, de un filósofo moral o teórico político”, decía Nisbet. Identificaba dos tradiciones de pensamiento en la historia occidental. Una que iba de Platón a Rousseau, que identificaba a la familia como una malvada barrera para la consecución de la verdadera virtud y justicia. La otra, que veía a la familia como un ingrediente central tanto de la libertad como del orden, iba de Aristóteles a través de Burke hasta Tocqueville.

El propio Rawls parecía admitir que la lógica de su argumento iba en la dirección de la línea de pensamiento de Platón/Rousseau, aunque al final (y de forma poco convincente) se echaba atrás. He aquí las palabras del propio Rawls:
Parece que cuando se satisface una oportunidad justa (como ha sido definida), la familia llevará a posibilidades desiguales entre individuos. ¿Hay que abolir entonces la familia? Tomada en sí misma y dada cierta primacía, la idea de igualdad de oportunidades se inclina en esta dirección. Pero en el contexto de la teoría de la justicia en su conjunto es mucho menos urgente seguir este camino.
A Nisbet le tranquilizan poco las patéticas garantías de Rawls. ¿Puede Rawls, se pregunta,
olvidar mucho a la familia, dada su relación demostrable de desigualdad? Rousseau era sólido y coherente donde Rawls es reticente. Si al joven hay que formarlo en el seno de la igualdad, “acostumbrados pronto a considerar a su propia individualidad solo en su relación con el cuerpo del Estado, a ser consciente, por decirlo así, de su propia existencia simplemente como parte de la del Estado”, entonces debe ser protegido de aquello a lo que Rousseau se refiere como “la inteligencia y los prejuicios de los padres”.
En suma, la obsesión por la igualdad, perjudica  a todos los indicadores de riqueza que podamos buscar en una civilización. Implica una locura tan completa que aunque juegue con la destrucción de la familia, nunca se para a considerar si esta conclusión podría significar que pueda haberse trastornado toda la línea de pensamiento para empezar. Lleva a la destrucción de patrones, intelectuales, culturales y conductuales. Se basa en la afirmación en lugar de la evidencia y trata de ganar terreno, no mediante una argumentación racional, sino intimidando a los oponentes para que guarden silencio. No hay nada honorable o admirable en ningún aspecto del programa igualitario.

Murray señalaba que apuntar a la locura del igualitarismo era un buen comienzo, pero no era suficiente ni de lejos. Tenemos que demostrar que la llamada lucha por la igualdad en realidad se refiere al poder del estado, no a ayudar a los desvalidos. Escribía:
Por tanto, crear una respuesta eficaz al igualitarismo reinante en nuestro tiempo, es necesario pero escasamente suficiente para demostrar el absurdo, la naturaleza anticientífica, la naturaleza contradictoria de la doctrina igualitaria, así como las desastrosas consecuencias del programa igualitario. Todo esto es sano y bueno. Pero olvida la naturaleza esencial del programa igualitario, así como su refutación más eficaz: mostrarlo como una máscara para aumentar el poder de los intelectuales de izquierda liberal ahora en el poder y las élites de los medios de comunicación. Como estas élites son también la clase creadora de opinión hasta ahora indiscutida, su gobierno no puede desaparecer hasta que al público oprimido, instintiva pero rudimentariamente opuesto a estas élites, se le muestre la naturaleza de las fuerzas cada vez más odiadas que les gobiernan. Por usar las expresiones de la nueva izquierda de finales de la década de 1960, la élite gobernante deber ser “desmitificada”, “deslegitimada” y “desacralizada”. Nada puede avanzar en su desantificación más que la percepción pública de la verdadera naturaleza de sus lemas igualitarios.
La única palabra rothbardiana que falta en esta emotiva conclusión es una de las favoritas de Murray: “desengañar”. Después de todo, es lo que hay que hacer. El Instituto Mises ha logrado muchas cosas a lo largo de los años: avanzar en la investigación a través de nuestras conferencias académicas y revistas de investigación, educando a los estudiantes de la economía de la Escuela Austriaca y llegando al público para darle una educación gratuita que vale muchísimo más que la de gente que gasta seis cifras por ella. Pero puesto todo junto, esto tal vez equivalga al mayor esfuerzo desengañante de todos los tiempos. Una vez se entiende la economía de la Escuela Austriaca y la filosofía de la libertad en la tradición de Rothbard, nunca se ve de nuevo nada (ni el estado, ni los medios de comunicación, ni el banco central, ni la clase política, nada) de la misma manera.

Ayudadnos a llevar a cabo nuestra gran misión desengañante, ya que ideamos cada vez más programas y llegamos al público y proporcionamos una nueva generación de brillantes jóvenes investigadores con las herramientas que necesitan para resistir y desafiar a un régimen que nos intimida para guardar silencio. Su vía es la violencia, la envidia y la destrucción. La nuestra es la paz, la libertad y la creación. Con vuestra ayuda, podemos echar abajo la fachada benigna del estado, que ha engañado a tantos y hacer que todos vean que el única ganador en las campañas del estado es el estado mismo.

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