jueves, 29 de octubre de 2015

El odio al low cost

Miquel Rosselló analiza el odio al low cost y hacia empresas que "consiguen romper los precios de oligopolios o mercados muy maduros en los que ningún analista preveía innovación alguna"

Hace poco una marca de ropa ‘low cost’ ha abierto una gran tienda en la madrileña Gran Vía, cientos de personas hicieron cola y abarrotaron las calles adyacentes para no perderse la inauguración. Tampoco debería extrañarnos, es un fenómeno que vemos de forma repetida en el ser humano, ya sea para conseguir entradas para un concierto, comprar un producto o escuchar a un mesías político o religioso. Las peregrinaciones son casi tan antiguas como nuestra propia naturaleza social.
En cambio, sí resultan más llamativas algunas de las críticas que se desencadenaron tras el éxito del evento. Críticas que en muchos casos son más viscerales que razonadas, movidas por un odio que se repite no en este último caso, sino contra casi todas las empresas que consiguen romper los precios de oligopolios o mercados muy maduros en los que ningún analista preveía innovación alguna.
El impacto de estas empresas en nuestra forma de comprar y adquirir servicios suele ser tan fuerte que sus marcas son potentes emblemas que quedan grabadas en el imaginario colectivo. Estamos hablando de Primark, una tienda de ropa que ha conseguido ropa muy barata a la moda, pero también de McDonalds con sus menús económicos, los muebles que ya no deben durarnos toda la vida debido a la economización que consiguió Ikea o la democratización de los viajes en avión que Ryanair llevó al límite. No son las únicas compañías cuyo modelo de negocio ha desarrollado el ‘low cost’ pero sí las más emblemáticas y que han conseguido triunfar de forma rotunda.
El mercado libre no solo consigue productos a precios bajos, la diversificación orientada al consumidor permite una variedad casi ilimitada de productos y servicios que no solo se adecuan a las necesidades de la gente sino a sus preferencias. Por volver al caso de la ropa barata, no es que la población se vea obligada a vestir con prendas económicas sino que puede elegir a qué dedicar su renta según su escala de prioridades. Es decir, importa el valor y no el precio o la elemental satisfacción de necesidades básicas.
La planificación pública trata de solucionar los supuestos fallos del mercado, justificando así el discurso pro Estado. El empoderamiento, tan de moda en el lenguaje políticamente correcto, que prometen los burócratas siempre depende de las concesiones estatales mientras que estas empresas han conseguido una devolución de poder y capacidades -libertades positivas si se quiere- a la gente. Los poderes públicos gastan millones de los contribuyentes en alimentar a los más necesitados mientras que empresas de comida rápida consiguen ser más eficientes y ofrecer diferentes opciones. El consumidor puede elegir entre una variedad asombrosa de emparedados con diferentes carnes o pescados, o ensaladas. ¿Mala comida? Prueben el comparativamente caro menú de algún centro público, todavía se me revuelve el estómago cuando recuerdo la cafetería de mi facultad. Lo mismo ocurre con aerolíneas en las que las quejas se centran en la falta de seguridad cuando cumplen igualmente con las mismas normativas o, más superficialmente, críticas como la falta de espacio en la butaca… Olvidan que es mejor viajar menos cómodo a no poder permitirse viajar, o que el Estado se gaste el presupuesto en poner aviones de pasajeros a volar. Para quienes se han permitido una buena comida o volar puede que el progreso les parezca a peor para para millones de personas estas nuevas oportunidades amplían su mundo y pueden suponer la diferencia entre el estancamiento o la movilidad social. En cualquier caso, dado el éxito que tienen en todo el mundo parece que ni sus detractores se creen sus propios reproches, la libre elección de los consumidores avala a estas compañías.
El odio que tienen los socialistas a estas empresas es fruto de la envidia, organizaciones con ánimo de lucro que han tenido éxito allí donde ellos han fracasado una y otra vez. Los restaurantes de comida rápida han conseguido alimentar a la gente a precios bajos, vestirse -incluso a la moda- ya no es algo reservado para los más pudientes. En el lado contrario, allí donde se ha aplicado el comunismo la población ha sufrido hambrunas o han tenido que ir descalzos, devolviendo las sociedades post industriales a situaciones límites de supervivencia más propias de la edad de piedra. El éxito de estas empresas delata el fracaso del colectivismo. Y lo consiguen sin solidaridad obligatoria, buscando su propio beneficio y generando puestos de trabajo.

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