jueves, 29 de octubre de 2015

Las políticas de estímulo siguen fracasando

Robert J. Barro analiza el constante fracaso de las políticas de "estímulo", cuyos resultados son un crecimiento económico persistentemente bajo y una explosión de la deuda pública en relación con el PIB, con peores consecuencias. 

La débil recuperación económica en Estados Unidos y el todavía más débil desempeño en gran parte de Europa han renovado los llamados para poner fin a la austeridad presupuestaria y regresar a mayores déficits fiscales. Curiosamente, ese pedido de mayor expansión fiscal no ofrece ninguna prueba de que los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que optaron por un mayor estímulo presupuestario hayan tenido mejores resultados que los que se inclinaron por una mayor austeridad. Del mismo modo, en el contexto estadounidense, no hay evidencia de que en los déficits presupuestarios de EE.UU. en el pasado (un promedio de 9% entre 2009 y 2011) hayan ayudado a promover la recuperación económica.
Dos casos europeos interesantes son los de Alemania y Suecia, cada uno de los cuales se movió hacia un equilibrio presupuestario entre 2009 y 2011, al tiempo que mantenían un crecimiento comparativamente fuerte; la tasa promedio del crecimiento anual del PIB real para 2010 y 2011 fue de 3,6% para Alemania y de 4,9% para Suecia. Si la austeridad es tan terrible, ¿cómo es que a estos dos países les ha ido tan bien?
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Los países de la OCDE más claramente en o cerca de una nueva recesión —Grecia, Portugal, Italia, España y tal vez Irlanda y Holanda— se encuentran entre aquellos con déficits fiscales relativamente grandes. La media de los déficits fiscales para esos seis países en 2010 y 2011 fue de 7,9% del PIB. Por supuesto, parte de ese patrón refleja un efecto positivo del débil crecimiento económico sobre los déficits, en lugar de a la inversa. Sin embargo, no hay nada en los datos de la OCDE desde 2009 en general que apoye la visión keynesiana de que la expansión fiscal haya promovido el crecimiento económico.
Para EE.UU., mi opinión es que los grandes déficits fiscales tuvieron un efecto moderadamente positivo en el crecimiento del PIB en 2009, pero ese efecto se desvaneció rápidamente y lo más probable era que se volviera negativo para 2011 y 2012. Sin embargo, muchos economistas keynesianos observan la débil recuperación estadounidense y concluyen que el problema es que el gobierno carecía de suficiente compromiso con la expansión fiscal; que debería haber sido aún más grande y mantenida durante un período prolongado.
Este punto de vista es peligrosamente inestable. Cada vez que los aumentos de los déficits fiscales no consiguen obtener los resultados deseados, la política aconseja asumir déficits aún mayores. Si, como creo que ocurre, los déficits fiscales sólo tienen un impacto expansivo a corto plazo sobre el crecimiento y luego se vuelven negativos, los resultados de seguir esa política son un crecimiento económico persistentemente bajo y una explosión de la deuda pública en relación con el PIB.
La última conclusión no es sólo académica, porque encaja con el comportamiento de Japón en las últimas dos décadas. De ser un país con una deuda pública relativamente baja, Japón parece que adoptó hace muchos años el mensaje keynesiano. La consecuencia de ello es una relación de 210% entre la deuda gubernamental y el PIB, la más alta del mundo.
Esta vasta expansión fiscal no evitó dos décadas de lento crecimiento económico, cuyo promedio fue de menos de 1% anual entre 1991 y 2011. Sin duda, un keynesiano confeso diría que el crecimiento japonés habría sido incluso menor sin el extraordinario estímulo fiscal, pero sería bueno que hubiera alguna evidencia.
A pesar de la falta de pruebas, es sorprendente el nivel de lealtad que recibe el enfoque keynesiano por parte de los políticos y economistas que trazan los destinos de los países. Creo que es porque el modelo keynesiano aborda importantes cuestiones de política macroeconómica y es pedagógicamente fabuloso, reflejando sin duda el genio de Keynes. El modelo básico —la intervención del gobierno en el gasto cuando otros no lo hacen— puede ser presentado fácilmente a la madre de uno, que es probable que esté de acuerdo con las conclusiones.
La fe de los adoradores de Keynes en este modelo ha sido reforzada en realidad por la Gran Recesión y la crisis financiera asociada. Sin embargo, el soporte empírico en todo esto es asombrosamente tenue. El modelo keynesiano pide a uno poner al sentido común económico de cabeza. Por ejemplo, más ahorro es malo debido a la caída de la demanda de los consumidores, y una mayor productividad es mala debido a que el aumento de la oferta tiende a reducir el nivel de precios, aumentando así el valor real de la deuda. Entretanto, se supone que los pagos de transferencia que subsidian el desempleo para bajar el desempleo, y el mayor gasto del gobierno es bueno incluso si se destina a proyectos derrochadores.
De cara al futuro, no hay mucho que decir en el terreno económico para el fortalecimiento de la austeridad fiscal en los países de la OCDE. Desde una perspectiva política, sin embargo, el movimiento hacia la austeridad puede ser difícil de sostener en algunos países, sobre todo en Francia y Grecia, donde los izquierdistas y otros grupos que se oponen a la austeridad acaban de ganar las elecciones.
En consecuencia, es probable que esté aumentando la diversidad en todos los países en materia de política fiscal, y es probable que esa divergencia haga cada vez más arduo mantener el euro como moneda común. En el lado positivo, las diferentes políticas proporcionarán mejores datos para analizar las consecuencias económicas de la austeridad.

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