viernes, 2 de octubre de 2015

La escasez de medicinas, el aumento de precios y nuestro quebrado sistema de atención sanitaria

Michel Accad analiza las causas de la escasez de ciertos medicamentos, la relación con el precio y el daño que se produce al sistema de atención sanitaria, al hilo de la reciente campaña que se produjo tras el aumento de precios en ciertos genéricos. 

Artículo de Mises Hispano:
Drug Shortages, Price Gouging, and Our Broken Health Care System
La lamentable campaña que siguió a la noticia de la semana pasada de los precios de dos medicinas genéricas disparándose hasta la estratosfera después de haber sido adquiridas por empresas privadas no es demasiado sorprendente. La idea de que una medicina que cuesta 13,50$ un día pueda costar 750$ el día siguiente, aparentemente al capricho de avariciosos inversores de Wall Street y nuevas empresas farmacéuticas es carnaza para la maquinaria de la rabia.
Pero de lo que la maquinaria de la rabia no se da cuenta es del grado en que los suministros de genéricos de atención sanitaria están constantemente al borde de la escasez.
Todas las semanas recibo un “informe de escasez de medicinas” por correo electrónico desde mi hospital. Lista varias cosas con bajas existencias. Algunas medicinas (en su mayor parte, genéricos) pueden incluso estar ausentes de las estanterías. Y todas las semanas, el correo electrónico también me recuerda que hay una escasez nacional de suero fisiológico.
Suero fisiológico, ¡por Dios!
¿Qué está pasando? ¿Es nuestra capacidad productiva tal desastre que no podemos tener los medios para mezclar sal estéril y agua y ponerlas en una bolsa? Volvamos a lo básico.
Recodemos que para que cualquier producto esté disponible de forma sostenida, debe haber un suministrador dispuesto a fabricarlo y un comprador dispuesto a pagarlo al precio que espera el suministrador. Múltiples compradores hacen subir el precio, múltiples suministradoras lo bajan.
Parece que para algo tan estándar como el suero fisiológico, fabricar el suficiente no debería ser un gran problema. Después de todo, no hay escasez de lápices nº 2, aunque el margen de beneficio de los lápices sea minúsculo.
Bienvenidos al glorioso mundo de la economía sanitaria regulada.
En el lado del comprador, tenemos administradores de hospitales que han sido formados para operar bajo la realidad de pagos fijos y supervisiones onerosas. Todo gasto es un coste que no puede trasladarse al “consumidor” final del bien. Por tanto, cuanto más bajo sea el precio de los suministros, mejor.
En el lado de la oferta, el aparato regulatorio supervisando la fabricación de productos médicos no es conocido por su flexibilidad. Lo último que quieren los burócratas es cualquier insinuación de que no son los suficientemente duros con defectos y seguridad. Los fabricantes deben seguir normas que no tienen ninguna consideración por las realidades del mercado y por lo mucho que el presunto cliente estará dispuesto a gastar por el producto. Por algo como el suero fisiológico, los márgenes de beneficio se hacen peligrosamente estrechos e incluso pueden ser negativos.
En un entorno así, la tendencia es a la consolidación y la burocratización. Los fabricantes con márgenes de beneficio en desaparición se fusionan. De hecho nos queda un puñado de mega-suministradores de productos hospitalarios. Los compradores también se consolidan en grandes cadenas de hospitales o agrupan sus recursos de compra en cooperativas de compradores.
Estos compradores y vendedores impersonales, que se ven cada vez más alejados del uso definitivo del producto, agrupan compras de productos en grandes cantidades. El suero fisiológico se compra y vende ahora en un acuerdo general con todo tipo de otros artículos diversos, como papel higiénico, dentífrico y cubos de plástico.
Con la agrupación de productos, el sistema es propenso a calcular erróneamente predicciones de oferta y demanda. Las predicciones de demanda no pueden realizarse con mucha precisión debido a la naturaleza más centralizada de la empresa. Y si fuera a producirse un desajuste, nadie sería responsable. “¡Hay una escasez!” dirían fatalistamente los administradores de ambos lados.
Si ahora nos balanceamos al borde de una escasez de algo tan necesario y tan fácil de fabricar como el suero fisiológico, solo cabía esperar que viéramos escaseces reales de medicinas genéricas para enfermedades raras.
Para el fabricante de medicinas, los costes regulatorios no pueden cambiarse, se use la medicina para muchos o para pocos. En el otro extremo de la transacción, los compradores son terceros pagadores cuyos intereses y voluntad de pagar no reflejan las necesidades del consumidor final. Fabricar medicamentos genéricos bajo esas condiciones no ofrece una gran esperanza de sostenibilidad.
Bajo circunstancias normales, si la economía de un producto es tal que no puede fabricarse en el país si no es con pérdidas, una válvula de seguridad extremadamente eficaz la proporciona en mercado importador. Costes de fabricación más baratos en el extranjero pueden asegurar una fuente adicional de suministro del producto.
No es así en la atención sanitaria, no es así.
Nuestros sabios legisladores, animados por el sector farmacéutico y apoyados por la arraigada burocracia regulatoria, han decidido que importar medicación del exterior es algo intolerable. “¡No sería seguro!”, afirman.
No será seguro tal vez cuando podemos fabricar mucho. ¿Pero más seguro que una escasez real? Por tanto, una oportunidad para el “inflador de precios”, sobre el que deberíamos también añadir unas pocas palabras.
Para empezar, en la medida en que algunos pacientes sean capaces de obtener acceso al tratamiento después del aumento de precios, quien hinche el precio proporciona al menos un servicio mínimo. En su ausencia, puede no haber medicamento disponible en absoluto.
En segundo lugar, “hinchar precios” es un término vago que no tiene sentido económico real. No hay aumento concreto de precios que lo defina. En ningún lugar de la prensa encontraremos cuál sería el precio “de equilibrio” para fabricar cicloserina o pirimetamina, para informarnos de la magnitud del beneficio esperado.
Por cierto, el precio de equilibrio de cualquier producto solo puede adivinarse y el único que en la práctica está dispuesto a tratar de adivinar es el emprendedor que lo intenta y arriesga sus activos. Debemos tener en mente que toda actividad empresarial, por muy innoble que nos parezca, implica un riesgo no medible o incertidumbre.
Por ejemplo, no es imposible que quien hinche precios pueda encontrarse perdiendo dinero, incluso con un aumento inicial del precio de un 5.000%: bajo esas condiciones, pacientes y doctores pueden encontrar modos alternativos de tratamiento con medicinas existentes o (¡un feliz resultado!) una desregulación podría permitir la importación de estas medicinas desde el exterior, evaporando así el beneficio esperado.
Tercero, en la media en que despierta nuestro estupor, quien hincha precios sirve como un eficaz mecanismo de señales, advirtiéndonos de una necesidad no atendida para la que ha conseguido encontrar una solución temporal, por muy desagradable y caro que pueda ser tragarse su píldora. Por tanto invita necesariamente a los competidores a seguirle o nos invita a reexaminar el entorno económico y regulatorio concreto que ha posibilitado la escasez en cuestión.
Así que, en cierto modo, el asesinato del personaje que hincha los precios equivale a disparar al mensajero apuntando a la quiebra de nuestro sistema de atención sanitaria. Quizá sea hacia ese sistema hacia el que deba dirigirse la vergüenza.
Y podemos querer hacer esto rápido. El suero fisiológico podría ser el próximo suministro vital en agotarse.

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